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Homenaje a Manuel Cortés. La figura de Manuel Cortés es un claro ejemplo de hasta que punto la firmeza de las propias convicciones es determinante para mantener la dignidad en situaciones límite
Belén Meneses - Kaosenlared.net - 02.06.2005

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Quienes perseguimos con ahínco la recuperación de nuestra memoria histórica nos centramos a menudo en el sufrimiento colectivo de los protagonistas, y nos olvidamos de las vivencias individuales de aquellos que sufrieron en primera persona los años más terribles de nuestra reciente historia. Habitualmente nos referimos a los combatientes republicanos, a los esclavos de Franco, a los presos políticos o a los niños de la guerra…, pero rara vez ponemos nombre y apellidos a los dramas personales que integran nuestra memoria colectiva.  Tal vez porque la proximidad en el tiempo de las penurias vividas invita a camuflar las tragedias particulares dentro de la colectividad, o quizás porque para despertar las conciencias adormecidas sea más efectivo divulgar la universalidad del horror.

El caso de Manuel Cortés no es único. Es uno más entre tantos dramas personales que aportó a nuestra historia el glorioso alzamiento nacional. Fue uno de aquellos hombres que habiéndose opuesto a la sublevación militar del general Franco, una vez acabada la contienda se vieron obligados a esconderse para salvar la vida. Unos se ocultaron durante semanas, otros durante meses y algunos, como en el caso de Manuel, prolongaron su encierro durante años. Todos ellos prefirieron asumir el riesgo de la ocultación para burlar la inquisitiva persecución de sus enemigos, y escapar así de la venganza despiadada que habría de prolongarse hasta los últimos agónicos días del dictador. Quienes no pudieron o no quisieron emprender el camino del exilio, ante la alternativa de someterse a la paz impuesta por los vencedores, optaron por dejar de existir, sin sospechar que su vuelta al mundo de los vivos se dilataría más allá de los límites imaginables. Cada uno de estos anónimos defensores de las libertades encarna un drama personal único, una vivencia irrepetible, una experiencia dramática. Entre todos los inquilinos furtivos de recónditas cuevas, agujeros improvisados, pozos camuflados, huecos disimulados o refugios convertidos en auténticas sepulturas dentro de sus propias casas, voy a permitirme distinguir la figura de Manuel Cortés, sirviéndome como excusa (si es que necesito alguna) el centenario de su nacimiento, aunque también, no voy a negarlo, dejándome llevar por una notoria afinidad ideológica con quien fue el último alcalde republicano de la localidad malagueña de Mijas. Aquel andaluz humilde de inteligencia reflexiva, dotado de la serena lucidez de quien está convencido de unas ideas que con tanta sencillez supo transmitir a sus compañeros, se involucró con las clases más desfavorecidas de su entorno, y estimuló a sus vecinos alentándoles a levantar sus voces y exigir sus derechos, desde los valores primitivos y más auténticos del socialismo.

Recordar la memoria de Manuel Cortés es ante todo, revivir la historia de un superviviente. Sobrevivió a la virulencia de la viruela, al espanto de la guerra y a la desesperación del encierro. Su defensa de los humildes, su fe en la democracia y su rechazo ante las injusticias sociales le aproximaron en su juventud a las tesis promulgadas por el Partido Socialista, donde desarrolló la actividad política que había de conducirle al confinamiento durante treinta años de su vida. Desde que tuvo conciencia social, Manuel se reveló contra la explotación de los campesinos y jornaleros andaluces, esclavizados por el jugo opresor de caciques totalitarios que ostentaban el poder político y económico, bien directamente o a través de testaferros encargados de preservar los privilegios del señorito de turno. Desde la militancia clandestina durante la dictadura de Primo de Rivera, y ejerciendo su cargo de alcalde durante los años de la II República, Manuel no cejó en el empeño de combatir la ignorancia y la miseria de sus conciudadanos, fijando como prioridad “educar a las masas" para erradicar la incultura que aquejaba al medio rural andaluz, principal responsable del atraso y la sumisión de la población.

Ejerció su responsabilidad política desde la honestidad y el profundo respeto por todos aquellos que no pensaban como él. Defendió el derecho a disentir y la libertad de pensamiento incluso en los momentos más álgidos de exaltación popular, cuando el desconcierto inicial que sucedió a la sublevación militar avivó la animadversión de la población hacia quienes se mostraron complacientes con los traidores. Argumentando que “no se puede detener a la gente sólo porque son de derechas", consiguió apaciguar los arranques enaltecidos de sus vecinos, restablecer el orden público y evitar el linchamiento de muchos de los hombres que después se convertirían en sus más implacables perseguidores. Manuel cortés, que no era partidario de inútiles represalias, censuraba a sus compañeros más exaltados el asedio contra quienes consideraba nada más que adversarios políticos. “¿Es que vamos a matar a todos los que son de derechas sólo por eso? Entonces había que matar a media nación", razonaba el edil malagueño. El temperamento abierto y tolerante de Manuel Cortés no podía entonces sospechar que muchos de aquellos hombres a los que salvó la vida con sus providenciales intervenciones, pronto se convertirían en fieros criminales al servicio de las fauces franquistas, entregados a la noble tarea de exterminar a la media nación que no era de derechas.

Aún habiendo transcurrido la mitad de su vida recluido entre las paredes de su propia casa, no es la de Manuel Cortes una historia gris de tristeza y amargura. El suyo es un testimonio de coraje, un ejemplo de resistencia, un envite a la fatalidad contrarestada con la solidez de unos principios que ni la decepción de la derrota, ni el dolor por los compañeros ejecutados, ni la frustración de los años malogrados por el prolongado encierro consiguieron doblegar. Tres décadas de aislamiento, de soledad compartida con su esposa Juliana, la valerosa mujer que, siempre vigilante, permaneció a su lado velando por su seguridad, y con su hija María, cómplice silenciosa del secreto familiar, que sin embargo no fueron suficientes para albergar en el alma de Manuel sentimientos del rencor ni deseos de venganza.

Estoy convencida que la firmeza de sus convicciones y la fortaleza de su carácter fueron valiosos aliados para salir victorioso en su particular batalla contra el desaliento. Cómplices inseparables que ayudaron al alcalde socialista a sobrellevar los largos años de encierro sin dejarse vencer por el pesimismo, la desesperación o incluso la locura.

El régimen totalitario truncó sus sueños, aniquiló sus proyectos y desbarató su vida, pero los franquistas que impusieron la ilegalidad nunca pudieron arrebatarle los sólidos valores que le empujaron a luchar por un mundo más justo primero, y ahuyentar los fantasmas de la soledad después. Principios a los que no renunció ni en los momentos más duros de su aislamiento y le aportaron las fuerzas necesarias para mantener la esperanza de abandonar la clandestinidad, porque “la tiranía de la dictadura no puede durar eternamente".

La personalidad del entrañable alcalde malagueño queda sintetizada en una frase del propio Manuel que define fielmente el talante de un socialista convencido, de ideología firme y férreos principios democráticos: "no estoy arrepentido por haber luchado por un mundo mejor, un mundo socialista (…) No me he arrepentido ni me arrepentiré porque yo luché de verdad, y mis convicciones las tengo hasta que me muera."