Reconozco que se me ha hecho duro redactar estas líneas, pues la historia de la Guerra Civil siempre fue para mi un tema tremendamente desagradable a la vez que apasionante: no en balde toda mi familia mallorquina estuvo comprometida de forma relevante en la sublevación de las Isla contra la II República. Por razones que entonces se me escapaban, en casa aquél fue durante muchos años un tema tabú. Uno empezó a intuir la realidad cuando participó en la rebeldía de 1956 en la que unos estudiantes pedíamos solamente que la organización que nos representara ante las autoridades académicas de la Universidad Complutense de Madrid fuera elegida democráticamente. Aquel suceso, que me supuso la primera detención, me permitió entrar en contacto con malas compañías que me iniciaron en el conocimiento de una realidad política y social que no tenía nada que ver con la que nos abrumaba la propaganda oficial del Régimen, con la inestimable ayuda de la Iglesia.
El día de la sublevación en Mallorca mi tío Alfonso de Zayas, Marqués de Zayas, que había fundado la Falange Española años antes después de negarse como oficial de artillería a jurar fidelidad a la República, se convirtió en el jefe político de la Isla a las ordenes del coronel García Ruiz, nombrado Gobernador Civil con plenos poderes por el General Goded que voló para dirigir la sublevación de Barcelona. Se declaró el estado de guerra, se declaró solamente pues con excepción de media docena de incidentes menores (en Pollença, Manacor, Sóller, Binissalem, Sa Pobla y Esporles), no tuvo lugar ni tan sólo la huelga general que contaban reprimir sin contemplaciones los sublevados. Dado la ausencia de resistencia se hace difícilmente comprensible y en todo caso es éticamente injustificable -como no sea como instrumento para aterrorizar a la ciudadanía- la terrible represión de los primeros meses que costó la vida a cerca de un millar de mallorquines: muchos paseados, es decir fusilados sin juicio y otros condenados -utilizando aberrantemente el Código de Justicia Militar -como «reos de rebelión militar», en muchos casos simplemente por suponérseles fieles a la República. Es preciso tener bien claro que, según consideran la inmensa mayoría de los historiadores, los sublevados sólo ganaron la Guerra Civil gracias al apoyo militar abrumador que les brindaron la Alemania nazi y la Italia fascista desde el primer momento -en Mallorca facilitando aviones-, y que si la República resistió casi tres años se debió a la ayuda -todo lo interesada que se quiera- de la Unión Soviética. Mientras las dignas pero atemorizadas democracias británica y francesa se esforzaban en mirar para otro lado, abandonando a su suerte a la República. La Guerra Civil española se considera de este modo el prólogo de la II Guerra Mundial.
Por ello es lamentable, por decirlo suavemente, que a estas alturas con veintiocho años de vida democrática, existan todavía monumentos y placas que honren la memoria de los vencedores de una terrible contienda fratricida de la que ningún español puede sentirse orgulloso. Ya era hora, parece que por fin corren nuevos aires políticos que van a permitir retirar de la vía pública tales recuerdos de un pasado triste e infausto. Así se tendrá en consideración el estado de ánimo no sólo de los familiares descendientes y amigos de esta mitad de españoles que se mantuvo leal a la República, que fueron represaliados sistemáticamente, y muchos de los cuales sufrieron la muerte en campos de trabajos forzados que siguieron funcionando muchos años después de terminar la contienda civil. Tales recuerdos partidistas en lugares públicos, constituyen también una afrenta para quienes -como fue mi caso durante dos años- fueron encarcelados por oponerse activamente a la Dictadura. Hasta que no se haya restablecido a todos los niveles y en todas las circunstancias, imparcialmente, la memoria histórica sobre nuestro próximo pasado, no se podrá decir que la transición a la democracia haya concluido.