Con el corazón en un papel. Los fondos documentales de la represión franquista esconden cientos de historias solapadas una vez más por la polémica
Diario de León - enero 2005
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Los legajos relativos a León renuevan el recuerdo de los juicios sumarísimos, las desapariciones...
Marco Romero salamanca/oviedo/fabero/león
«Todos los niños que íbamos a Rusia en un barco que finalmente fue apresado por Franco en Ferrol fuimos bautizados por un fraile; éramos los hijos de los rojos» TOMÁS BAÑUELOS, hijo de represaliados Lo político ha llevado a un segundo plano el verdadero latido de los papeles que prueban la crueldad de la represión franquista. Hoy sólo son legajos archivados o una simple ficha, pero están escritos con tinta que relata la vida de muchos hombres y mujeres de la España de Franco, de ganadores y tumbados, de víctimas y verdugos.
La de Francisca Ruiz (99 años) es una de esas historias descorazonadoras. Su biografía -la de su marido también- es una de tantas que figuran en el Archivo Militar de Ferrol, donde han ido a parar los expedientes de los juicios sumarísimos instruidos en León, más de 7.000. «Fue fatal», recuerda la nonagenaria con la mirada perdida en una vieja foto.
Es un retrato sepia. Junto a la joven y bella mujer está el esposo, un comandante republicano de nombre Lorenzo Bañuelos. Desde aquel lejano día que posaron juntos, su vida se retorció.
Lorenzo era en 1936 un excelente picador en la mina. Ganaba 500 pesetas al mes. Presidía, además, el comité local de las Juventudes Socialistas en Barruelo de Santullán (Palencia), algo que después se convertiría en su mayor condena. Era un intelectual autodidacta y en su casa nunca faltaba la música; un gramófono y el primer receptor de radio del pueblo prueban su interés. Su salón estaba presidido por un retrato de Pablo Iglesias.
El hijo con nombre de batallón
«Un día, cuando estaban viniendo por él, huyó. Se metió en un maizal, pero lo encontró un mando alemán. Le pegaron un tiro en el pie y lo detuvieron. Estuvo preso en varias cárceles, entre ellas las de Santander y Palencia. Después se lo llevaron a Fabero y lo metieron en un campo de concentración, allá por los barracones», declara su hijo Tomás, bautizado originariamente como Mateotti en honor al batallón de milicianos que se desplazó hasta Teruel a los pocos días de declararse el movimiento.
La vida de Lorenzo, lo que pensaba y en lo que creía, permanece en la memoria de los suyos y en los papeles. «Se acuerda no pasar por alto sin recurrir a una sanción al ex compañero M... A... por el hecho cobarde de romper el carné de esta entidad». La entidad era el comité de las Juventudes Socialistas de Barruelo de Santuyán, que él dirigía con disciplina militar, y el escrito refleja un acuerdo para sancionar a un disidente.
«Cuando estaba en la cárcel, era el cabecilla de los presos», señala Tomás por lo que tantas veces escuchó en boca de su padre. Un día de Santa Bárbara, Lorenzo decidió no bajar a la mina de Fabero, en la que trabajaba para reducir su condena de prisión. Los obreros tenían la ropa rota y su plante consiguió fundas para todos.
Por su trayectoria, el Estado le concedió una medalla ya en los años de la democracia, una distinción que su familia ha unido a la tarjeta de identificación oficial de las fuerzas armadas de la II República y que guarda celosamente junto a los recuerdos personales de Lorenzo.
En un barco nauseabundo
Hubo condecoración, pero el papel no ha borrado aún las huellas de la opresión. «Es duro pensar lo que llegamos a pasar», lamenta Tomás Bañuelos. «Nos habíamos marchado para Rusia en barco, pero al final fue apresado por Franco y nos desembarcaron en Ferrol». «Yo no me acuerdo de todo aquello porque nací en el 37 -agrega-, pero mi madre siempre decía que aquello era asqueroso. Estábamos todos hacinados en la bodega. La gente hacía sus necesidades en una esquina porque les habían encerrado y todos los niños tuvimos que ser bautizados por un fraile; éramos los hijos de los rojos».
Los documentos archivados en Ferrol relacionados con esta familia no cuentan tampoco el día que Francisca, con tres hijos a pie y uno más en brazos, recorrió kilómetros y kilómetros para coger un tren hacia Asturias. «Marchamos a escondidas -narra lentamente- y nadie nos quiso ayudar. Anduvimos y anduvimos por el monte hasta que lo cogimos. En el viaje, eché en falta a una de las niñas, no la veía por ningún sitio y ya habían pasado dos estaciones desde que habíamos partido. Bajé del tren y volví andando a buscarla hasta que la encontré».
La historia inacabada
A Toñi Abad todavía se le encoge el corazón cuando renueva el recuerdo. Su familia es originaria de Espina de Tremor, en el Bierzo, y su historia no pudo ser finalmente contada por la escritora Dulce Chacón, que pereció antes de llevar la vida de la familia Abad a un libro.
«Qué se puede decir de una persona que llamó a su primer hijo Darwin, pues que era una persona instruida», asegura Toñi, ahora involucrada en rescatar la memoria de su abuelo, el único de sus familiares represaliados que aún se encuentra en paradero desconocido.
El padre de Toñi, Benjamín Abad Mayorga, fue condenado en dos ocasiones. La primera, a 30 años de cárcel por adhesión a la rebelión. Y la segunda, por auxiliar a milicianos heridos en el monte. «Recuerdo cuando mi padre sacaba su carpeta para escribir y mandar una carta. Siempre me dejaba pegar el sello y para mí era una fiesta porque daba muchos golpes con la mano en el sello. Por entonces yo no sabía lo que pasaba porque él siempre era muy sutil, pero ahora me doy cuenta que se trataba de dar mazazos en la cara de Franco».
El 15 de agosto del 2002 -para Toñi es una fecha inolvidable-, se enteró por este periódico de la localización de su tío Majín Abad, fusilado por las tropas sublevadas y enterrado en una fosa en La Retuerta. Fue a través de una carta enviada por un lector. En ella se apuntaba el paradero de Majín, por entonces con sólo 19 años, y el de otros dos hombres, uno de mediana edad y otro de 82 años, por lo visto una gran amenaza para los falangistas.
«Durante el Gobierno de Felipe González, cuando concedió una paga a los que habían sido represaliados le pedí a mi padre los papeles para arreglarlo. ¿Sabes lo que me contestó con enfado? ¡Cómo van a pagar a mi padre!».
El abuelo, de arraigados principios socialistas, fue una persona culta que vivía de lo que ganaba en su tienda. Se lo llevaron el 20 de octubre de 1937. Sus hijos, de la misma ideología, se encontraban en el monte refugiados de las fuerzas represoras cuando sus verdugos quisieron hacer un trueque. Hicieron correr la noticia de que Jorge Abad Domínguez estaba detenido y que sería puesto en libertad si sus hijos se entregaban. «No bajaron del monte y lo mataron a golpes», asegura Toñi.
Su empeño le llevó a localizar primero a su tío. Problemas de salud le impidieron seguir con la búsqueda de su abuelo, que ahora piensa retomar con ímpetu. Dice Toñi que, después de escuchar sus historias, Dulce Chacón y ella recitaban juntas poemas de Miguel Hernández.
Muerte y destierro
«Cuando estalló la Guerra Civil, al primero que mataron fue a mi hermano Pascual, que era sindicalista. Vinieron los falangistas de Argallo y lo cogieron cuando estaba saludando a un vecino. A raíz de ahí vino todo lo demás», narra Arturo Ramón, otra de las vidas que aún vibra sobre los papeles de los archivos.
Ahora vive en Fabero junto a su mujer, pero hubo un tiempo que su familia fue desterrada a Barco de Ávila. Él tenía en aquel momento ocho años. «Las fuerzas estaban en Fabero, se concentraron aquí. Luego llegó la Falange y yo me acuerdo que los niños no hacíamos más que poner banderas blancas por todos los sitios. Los más pequeños dormíamos en pajares».
Cuando su hermano Pascual fue ejecutado, la familia se trasladó a Fornela. Allí vivieron entre el 36 y el 38. Su padre, Amadeo, y su otro hermano, del mismo nombre, se echaron al monte dejando atrás a una madre con cuatro pequeños. Con el tiempo, el padre se entregó y fue enviado a la cárcel de Gijón, hasta que se escapó.
«Dicen que mi hermano fue de los que estuvo en Barcelona luchando hasta que se pasó a Francia al exilio», explica Arturo.
Un minero de doce años
Ese panorama le obligó a empezar a trabajar en la mina con doce años. «Ganaba seis pesetas al día para todos, porque me quedé yo de responsable». No en vano es el séptimo de once hermanos. Otro de ellos murió en la cárcel de Madrid en el 47.
«Teníais que pasar el 41 como yo para que vierais lo que es», exclama la mujer de Arturo cuando habla ahora a los suyos. Es una de esas expresiones que denota haber pasado manifiestas carencias, las que se vivieron durante los años de la guerra y la guerrilla.
«Aquello era algo parecido a lo que se ve ahora por la tele en esos países pobres que están en guerra», dice Arturo con el corazón en un papel.
«Para mí era una fiesta cuando mi padre me dejaba pegar a mazazos el sello de Franco en una carta»
TOÑI ABAD
Familiar de represaliados
«Aquello fue algo parecido a lo que se ve ahora por la tele en esos países pobres en guerra»
ARTURO RAMÓN
Familiar de represaliados
«Después de todo, de tanto sufrir, ni sufríamos» FRANCISCA RUIZ | Viuda del comandante Lorenzo Bañuelos
«Aquello era de cine», relata la nonagenaria en un tono que está lejos de referirse a una película de Hollywood, sino más bien una de Buñuel. «Después de todo, de tanto sufrir, ni sufríamos».
Dice eso cuando recuerda el día que fue apresada cuando iba a comprar ajos y cebollas a un pueblo vecino. Entonces vivía en Barruelo. «Me cogió la Guardia Civil y como no llevaba un salvoconducto (documento que se expedía para transitar libremente por una zona) me metieron presa en casa del alguacil. Me daban de comer los pobres de la calle que se acercaban por la noche a llevarme comida. Siempre tuve miedo a que no me soltaran, tenía cinco hijos, todos pequeños». Allí estuvo durante varios días por no pagar la multa que la impusieron los guardias civiles. Nunca supo si fue delatada por un cabritero , nombre que cita cuando se refiere a los chivatos.
Uno de los recuerdos que le llegan a Francisca es el de su marido haciendo bombas en casa a escondidas de los niños, por entonces muy pequeños. «Las hacía por la noche para que no le vieran. Un día empezamos a oír tiros en la calle; no paraban. Mi marido tuvo que sacar todas las bombas de casa porque no sabíamos lo que podía pasar, pero nunca pasó nada».
El mayor sufrimiento de Francisca Ruiz han sido sus hijos. «Los niños se criaron casi siempre solos», dice. «Era de cine», repite.
Cuando las mujeres cobraron como un obrero
Es abundante la documentación que recoge la vehemente participación de la mujer en la lucha por las reivindicaciones populares. El gabinete jurídico del Consejo Interprovincial de Asturias y León, que tuvo el gobierno del Principado y del norte de la provincia leonesa hasta que cayó ante las tropas franquistas, aprobaba el 24 de junio de 1937 la sustitución voluntaria de los obreros por mujeres en los trabajos industriales que no exigieran un duro esfuerzo. «De este modo, no se resta fuerza de los frentes de lucha y, a la vez, se logra una participación directa de la mujer en la contienda, a la que tiene indiscutible derecho» (caja 98, expediente 13 del archivo de Salamanca). La nueva ley les daba categoría de aprendices, aunque su sueldo sería el de un obrero, y obligaba a las empresas a crear una sala de lactancia para los descansos suplementarios de la empleada. Además, se anunciaba la creación de una red de grupos escolares para atender a los niños de dos a seis años cuyas madres se incorporasen al trabajo.
La intelectualidad perseguida; Vela Zanetti, el ejemplo
Le llaman el pintor de la dignidad humana. José Vela Zanetti (1913-1999) es un ejemplo del matiz humano que habita en los papeles de los archivos, en su caso como espejo de la intelectualidad perseguida.
En Salamanca se encuentran los originales de sus carnés militares y políticos. En octubre de 1937 se comprometía a someterse a la más estricta disciplina militar y a estar dispuesto a actuar dónde y cómo se le ordenara, subraya uno de los documentos que firmaba con 23 años y en el que declaraba abiertamente su pertenencia al sindicato UGT (carpeta 1165, Salamanca). Impregnado de los principios liberales de la Institución Libre de Enseñanza y marcado por el fusilamiento de su padre en 1936, durante la contienda participó en varias revistas que también se encuentran en Salamanca. Fue el artista al servicio de la revolución.
La represión en tres kilómetros de estantería ARCHIVO GENERAL DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (SALAMANCA) MIGUEL A. JARAMILLO | Director
Correspondencia entre intelectuales, legajos con antecedentes políticos y personales... El archivo de Salamanca, ahora más que nunca objeto mediático, contiene tres kilómetros de documentación clasificada en sus estanterías.
Además de los papeles que fueron incautados durante la Guerra Civil por las tropas de Franco a la Generalidad y a otras instituciones catalanas -por cierto, son una mínima parte del fondo documental-, este archivo está formado por los escritos que el ejército franquista requisó selectivamente de diversos frentes durante los años de represión. Los papeles obtenidos eran enviados a la Delegación Central de Recuperación de Documentos, que se encontraba en Salamanca y que pronto se convirtió en la principal fuente de información del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (1940).
Tras pasar por varias situaciones administrativas, este servicio documental fue adscrito al Ministerio de Cultura en 1977 y dos años después se reformó como una división del Archivo Histórico Nacional. Fue en 1999 cuando se le renombró como Archivo General de la Guerra Civil Española. Los enfrentamientos, sólo políticos, no han cesado desde entonces. «Todavía no se tiene una idea cabal de lo que hay en este archivo» «Cuando hayamos visto el cien por cien de los documentos, lo sabremos, pero todavía ahora no se tiene una idea cabal de los documentos que hay», afirma el director del archivo de Salamanca. En un ejercicio de síntesis, Miguel Ángel Jaramillo explica que los papeles de este fondo «hablan de los que perdieron la guerra, de personas que fueron represaliadas».
Todo lo que León pudo salvar de la quema ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE ASTURIAS (OVIEDO) CONCEPCIÓN PAREDES | Directora
En Oviedo están catalogados los documentos que se conservan de la represión en el Frente Norte, localizado en la Montaña Central leonesa, desde Valdeteja hasta Aralla, y en todo el Principado. El Archivo Histórico Provincial de Asturias alberga los papeles del Consejo Soberano de Asturias y León y muchos otros que fueron llegando de particulares y partidos que lograron salvarlos de la quema franquista.
Entre otros, se encuentran parte de los escritos y legajos del Gobierno Civil de León y los de la Sociedad Círculo Recreativo de La Virgen del Camino. Además está toda la documentación de la Comisión de Abastecimiento, Transporte y Evacuaciones, con listados de personas que se refugiaban en Asturias tras partir de León cuando la provincia iba siendo ocupada por los nacionales.
Entre los fondos del servicio asturiano, también están los de los comités regionales y provinciales de las Juventudes Libertarias y de las Juventudes Socialistas Unificadas, además de los del comité central de la CNT.
Aunque el contenido de los legajos es fundamental para entender el alcance de la contienda en la montaña leonesa, no hay mucha cantidad de papeles, dado que se trata de una zona pequeña y despoblada. «Son pocos los investigadores leoneses que utilizan estos documentos» Controla todo lo que queda en papel de lo que un día fue el Consejo Interprovincial de León y Asturias, primero, y del Consejo Soberano de Asturias y León, después.
Concepción Paredes, directora del Archivo Histórico Provincial de Asturias, recalca que, pese a la importancia del fondo documental microfilmado, «son pocos los investigadores leoneses que se acercan a este archivo».
El acuartelamiento de las 7.000 causas judiciales ARCHIVO MILITAR DE FERROL (LA CORUÑA)
En el Acuartelamiento Baluarte de Ferrol se encuentran las causas judiciales de León. Según las investigaciones del leonés José Antonio Landera, hay pruebas de al menos 7.000 juicios sumarísimos de León. Cada causa afectó a más de una persona, por lo que un cálculo estimativo aproxima a 28.000 los leoneses que fueron sometidos a estos procedimientos, calificados por el historiador Javier Rodríguez como «una auténtica aberración jurídica». La mayor parte de los papeles son informes de jefes de la Falange que se convertían en la única prueba judicial, también letal, contra los procesados.
El secreto mejor revelado | Reportaje | Los papeles de la masonería en León |
Los expedientes conservados en Salamanca dejan constancia de la existencia de nueve logias en León y Astorga durante el franquismo y una anterior que desapareció hacia 1900
M. Romero
«Nos sería muy conveniente ver la documentación cogida en casa del capitán Lozano, que fue sentenciado a muerte, ya que era masón y daría luz para ir deshaciendo la madeja». El comentario ha sido extraído del informe que el máximo responsable de la Falange Española en León envía a Valladolid para explicar sus indagaciones sobre la masonería en la provincia.
El papel es hoy el legajo 762 del expediente 2A que se conserva en el Archivo General de la Guerra Civil, con sede en Salamanca. Entre las más de 60.000 causas archivadas en relación a la masonería, hay nueve correspondientes a otras tantas logias masónicas de León: Emilio Menéndez Pallarés, Legioneses de Apio Herdonio, Libertad, Luz de León, Pelícano, Unión Fraternal, Razón Libre, Astúrica de Astorga e Hijos de la Constancia, también de la capital maragata.
En el mismo expediente que se cita al capitán Lozano, abuelo del actual presidente del Gobierno, figura información sobre vecinos de muchos pueblos de la provincia que estaban «con los rojos». «M... y sus hijos, C... está fugada y tiene fincas. Estos últimos son cómplices y alcahuetes que suministran a los rojos de comer, ya que por las noches bajan a las casas de dichos individuos. Tienen propiedades y dinero y, por tanto, convendría la incautación». El informe vecinal de Torrestío lo firmaba el párroco.
Pero el hombre más temido en ese momento por los antimasónicos era Moisés Panero. «Se le considera el jefe provincial de la masonería de León y en su casa eran recibidas todas las personalidades de izquierdas, como el general Cabrera y otros; en su casa estaba escondido Justiniano Azcárate y un ingeniero de la misma filiación política».
Franco o Jakim Boor
Franco sentía una especial aversión hacia la masonería, lo que le llevó a perseguirla con penas de cárcel para los masones. Durante los primeros tiempos de la Guerra Civil, la pertenencia a una logia suponía el fusilamiento. Se dice que el propio caudillo escribió con el seudónimo de Jakim Boor una serie de artículos para el diario Arriba y que luego fueron reunidos en un volumen que tituló Masonería . Está constatado que los noticiarios llegaron a difundir una supuesta entrevista entre Franco y su seudónimo. También se dice que su antipatía hacia los masones se debe que nunca le dejaron entrar en una logia, por aquello de que se trata de un foro del debate en busca del progreso.
Un cuadro lógico
Entre los documentos de Salamanca que fueron incautados en León y que después supusieron la única prueba para condenar a los masones figura el cuadro lógico o jerárquico de la logia Emilio Menéndez Pallarés, cuyos miembros habían adoptado nombres simbólicos como Adimanto, Becquer, Ariel, Libertad, Salamanca o Víctor Hugo.
Entre estanterías y cajas de cartón, también se halla un documento con el sello de «secreto» que realiza un informe detallado de la evolución de la masonería en la provincia. Se basa en la declaración que hizo el gobernador civil de León en febrero de 1939. «Desde la Primera República hasta primeros de siglo existió una logia que llegó a contar con más de 80 afiliados, pero en los primeros años de 1900 murió por inanición».
Los papeles de esta logia que se cita aparecieron quemados en un taller de Ordoño II, propablemente con la intención de los masones de destruir cualquier prueba que les inculpase. «Al iniciarse el movimiento nacional -continúa el escrito- funcionaba en la capital la logia Menéndez Pallarés, que celebra sus 'tenidas' en la Biblioteca Azcárate, donde se supone que guardaban los documentos y efectos».
Sin antecedentes en el 39
En el Gobierno Civil de León, en ese momento no existía ningún documento ni antecedentes relacionados con la masonería, tal y como consta en otro de los papeles. Sin embargo, a raíz de las investigaciones se lograron incautar los primeros folios. De ellos dio informe el jefe del Servicio Nacional de Seguridad en Valladolid el 13 de febrero de 1939. Su escrito es el que hoy permite recordar este ángulo de la historia.
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