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La sinrazón del expolio
DAVID GARRIDO - Historiador - 07/01/2005

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Quizá el PP tenga complejo de rey Midas, si bien no convierte en oro todo lo que toca, sí en política soez, aunque se trate de una formación conservadora, autoproclamada centrista, y a pesar de estar profundamente desideologizada. Las heridas de la Guerra Civil todavía supuran y tiempo es ya de aplicar la necesaria sutura y no dejar que la gangrena infecte los principios democráticos de una sociedad que quiere pasar página pero no olvidar. Bien hizo la ministra Carmen Calvo de recordar que en 1936 un golpe de estado eliminó la democracia y nos sumió en casi cuatro décadas de atroz dictadura que afectó las vidas de varias generaciones de ciudadanos y nos arrastró a las cloacas de la política. Si se es demócrata, de derechas o de izquierdas, da igual, si se cree en la soberanía del pueblo, justo es reconocerlo y no atrincherarse en los rescoldos de aquella dictadura que se niega a fenecer en algunas mentes nostálgicas.

Que España es plural, no es porque lo diga Zapatero, que únicamente recoge una evidencia que el liberalismo español decimonónico, surgido de los despojos del absolutismo, todo hay que decirlo, se obcecó en no ver. Aunque tarde, la dicha es buena, y bueno es saber que desde el centro, aunque le cuesta, se comprende a la periferia y se acepta la plurinacionalidad del Estado, que se supera la dicotomía entre conquistadores y conquistados y que se ponen los cimientos de un futuro en común sin vencedores ni vencidos. Si es hacia ese modelo de sociedad al que vamos, no se comprende la sinrazón ultramontana de mantener las formas de antaño, de querer perpetuar la injusticia y de convertir en arma arrojadiza cualquier reivindicación legítima que desde la periferia se haga por recuperar lo que le fue arrebatado con violencia.

La Generalitat de Cataluña exige que le sea devuelto lo que por la fuerza se le robó tras la Guerra Civil, sus documentos, su historia. ¿Por qué la tozudez del PP en no reconocerlo? Ya estamos otra vez con lo del granero de votos, azuzando la ignorancia de la gente en busca del sufragio visceral, irreflexivo, que convierte Cataluña en chivo expiatorio de las miserias hispánicas. Que si el agua del Ebro, que si la lengua de los valencianos, que si los papeles mal llamados de Salamanca, todo es objeto de disputa para en nombre de la demagogia sepultar a la inteligencia y atacar a quien se define diferente, en este caso Cataluña. Pero ¡ojo avizor! Que a los valencianos también nos toca, pues guste a algunos y disguste a otros, nunca formamos parte de Castilla hasta que la represión borbónica del siglo XVIII nos convirtió en provincia conquistada de aquélla. Nosotros también tenemos papeles secuestrados en Salamanca, arrebatados a sus legítimos dueños.

Concretamente en el Archivo Histórico Nacional (Sección Guerra Civil) de la capital charra, sede que fue del gobierno fascista que se alzó contra la II República, hay -como mínimo- 365 legajos legajos requisados en Castellón, 220 en Valencia y 180 alicantinos, desde expedientes municipales hasta documentación de partidos políticos, logias masónicas y cartas que soldados republicanos escribieron a sus familiares desde el frente. El mismísimo cuñadísimo de Franco, Ramón Serrano Suñer, organizó la expoliación de los fondos valencianos, que fueron transportados en vagones de carga a Salamanca. Esa documentación, superada la contienda, la dictadura y las ambigüedades de la Transición, ha de volver -por justicia- a sus legítimos dueños, nadie posee autoridad moral para negarla y menos basándose en criterios archivísticos, que ni entran ni salen en este asunto, cuando también los lugares de origen tienen archivos para albergarla.

¿Qué interés tiene para un salmantino de la calle la documentación del Ayuntamiento alicantino republicano, de los comités revolucionarios valencianos o las cartas que nuestros soldados escribieron a sus madres y esposas? ¡Ninguna! Así, pues, ¿a qué viene tanto jaleo? ¿En nombre de qué y de quién pretenden perpetuar la injusticia? Recordemos, que bueno es refrescar la memoria, que en 1810 Napoleón se llevó a París todo el Archivo General de Simancas (el archivo de Castilla y de la monarquía hispánica); estamos hablando de 61.505 legajos y 5.196 volúmenes, ni más ni menos.

Acabada la guerra, Francia los retornó a España en 1816, como de justicia era. En 1939 el gobierno fascista se incautó de los archivos del bando contrario, justo es también que se devuelvan sesenta y seis años después. Los parisinos no se manifestaron en 1816 porque su gobierno devolvió los papeles incautados a España por su emperador, tampoco los salmantinos del 2005 lo habrían de hacer por el retorno de lo que expoliaron los franquistas en 1939; es cuestión de decencia, justicia y dignidad.