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Scilingo y «mester de tiranía»
EDUARDO ALONSO - La Nueva España - 27/01/2005

http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pIdNoticia=252779&pIdSeccion=66&pNumEjemplar=802




Hemos visto en el «Telediario» al antiguo capitán Scilingo negar ante el juez los espantosos sucesos que antes había confesado con detalle. Como un gran actor formado en el Actor's Studio, el ex capitán de corbeta simula desmayos, lloriquea, arremete contra el hijo de puta del general Masera y luego larga un monólogo disfrazado de Segismundo barbudo, con ojos de loco recién sacado del calabozo. Sólo falta que recite: pues siendo yo más libre, ¿tengo menos libertad? Lo inventé todo, señoría, para vengarme de los dictadores argentinos. Inventé que a los «desaparecidos» les poníamos música brasileña para que murieran felices, les inyectábamos droga para atontarlos antes de subirlos a los camiones con lona verde, trasladarlos al aeropuerto y, ya en el avión, desnudarlos y arrojarlos al mar. Entre quince y veinte en cada vuelo. Señoría, todo lo inventé, qué carajo. Pero nadie le cree. Ni el novelista más memorión sería capaz de recordar cientos de detalles inventados cinco décadas antes en una novela.

Hace ahora treinta años de aquellos sucesos y sesenta de la liberación de Auschwitz. En 1982, tras de la guerra de Malvinas y la llegada de la democracia, el escritor Ernesto Sábato presidió una comisión investigadora sobre las atrocidades de la dictadura argentina que quedaron recogidas en un escalofriante informe y en el libro Nunca más. Gran parte de ese material se puede descargar de internet, con las declaraciones de testigos y víctimas. Como todas las dictaduras, la argentina tuvo su argot para uso de exterminadores, no exento de bellas metáforas literarias. La «chupada» o secuestro se preparaba con la «ratonera» (el cerco nocturno a la casa), para que la «patota» o patrulla llevase a la víctima, «tabicada» (con capucha) al «pozo» o antro que contaba con buenos «quirófanos» o salas de tortura, donde laboraban expertos «cirujanos». Entre los más crueles torturadores siempre ha habido gente que en sus ratos de ocio cultivaba una afición exquisita, leía a Goethe, se extasiaba con los cuartetos de Beethoven o amaba la pintura impresionista. Nada de extraño, pues, que entre los torturadores argentinos hubiese doctos lingüistas, y más si se tiene en cuenta que a los dictadores hispanoamericanos se les ha dado bien el florido discurso y la pompa tribunicia. No hay más que oír al coronel Chávez de Venezuela, qué encendidos «vibratos», qué pausas tan elocuentes, qué léxico sonoro, qué gran chorro de voz. Nuestro caudillo Franco, en cambio, era un dictador parco en palabras y con voz de pito, aunque sus falangistas muñían el espíritu patriótico con brillante lenguaje.

Pues bien, al hilo del relato de Scilingo, es inevitable recordar ahora cómo la literatura estuvo a la altura de las circunstancias. Hace treinta años el mundo democrático hacía oídos sordos a las maniobras de la CIA norteamericana para derrocar democracias y sostener las dictaduras de Pinochet en Chile, Banzer en Bolivia, el siniestro Stressner en el lindo Paraguay, el tortuoso Trujillo en Santo Domingo o en Guatemala la estirpe sanguinaria de los Somozas, primero el papá Tacho, luego su hijo Tachito, todos con sus escuadrones de la muerte... Fue entonces, entre 1974 y 1976, cuando surgió la mejor cosecha del «mester de tiranía», ese género de novelas sobre dictadores que fijó Valle-Inclán en el Tirano Banderas y continuó luego Miguel Asturias. En sólo dos años García Márquez, el paraguayo Roa Bastos, el cubano Alejo Carpentier y el venezolano Uslar Pietri sacaron sendas novelas memorables: El otoño del Patriarca, El recurso del método, Yo, el supremo y Oficio de tinieblas. Un cuarto de siglo después, en marzo de 2000, Vargas Llosa se sumó con su formidable La fiesta del Chivo, ahora en los quioscos por 2,90. Todos se inspiraron en algún dictador histórico, pero su afán era denunciar los horrores y la perversión del poder absoluto. Son novelas algo experimentales sobre un tirano con atributos arquetípicos que arrastra un defecto físico, una manía, una insaciable rijosidad del pene que identifica con el cetro, una pasión destructora, una astucia cruel, una estrategia sistemática del horror y un ansia de adoración como providencial «salvapatrias». Todos los tiranos se adornan con un epíteto laudatorio: el patriarca, el supremo, el primer magistrado, el benefactor, el caudillo... Hace ahora treinta años de aquella literatura grande en tiempos de ignominia. Aquellas novelas nos decían también que no hay dictador sin su red entusiasta de sicarios y «subcésares». Los jueces dirán si el ex capitán Scilingo era uno de ellos.

la mirilla

EDUARDO ALONSO