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Los líderes mundiales honran a los últimos supervivientes de Auschwitz. Unos 2.000 exprisioneros estarán presentes en el acto de hoy en el antiguo centro de exterminio
El Periódico de Catalunya - 27/01/2005



Un grupo de niños, el 27 de enero de 1945, día en que los soviéticos liberaron Auschwitz. Foto: AP / CAF


Los jefes de Estado y de Gobierno de cerca de 50 países conmemorarán la liberación del campo

GONZALO CÁCERES
AUSCHWITZ / ENVIADO ESPECIAL

Sesenta años después de la liberación de Auschwitz, quedan pocos que puedan contar en primera persona lo que sucedió en el interior del campo de exterminio. Serán ellos, en su mayoría ancianos que han superado los 70, 80 y 90 años, los protagonistas de la ceremonia de conmemoración que hoy tendrá lugar en las instalaciones del antiguo campo de concentración. Para muchos será su última vez en Auschwitz. Los líderes de una cincuentena de países lo han entendido y estarán con ellos.
La cita estará cargada de sentido. Con su presencia en Auschwitz, los representantes de la comunidad internacional expresarán su condena al Holocausto y rendirán homenaje a las víctimas. La ceremonia principal tendrá lugar junto a las barracas del antiguo campo de Auschwitz-Birkenau, donde fueron asesinadas entre 1 y 1,5 millones de personas. Los principales oradores serán los presidentes de Israel, Moshe Katzav, Polonia, Alexander Kwasniewski, y Rusia, Vladimir Putin.

EL PEOR CRIMEN DE LA HISTORIA
Auschwitz-Birkenau es el lugar en el que se cometió "el peor crimen de la Historia", según afirmó el presidente de Israel, Moshe Katzav, en una entrevista publicada ayer por el periódico polaco Rzeczpospolita. "Auschwitz fue la capital del imperio del crimen, el mayor cementerio de la nación judía, un lugar en el que los alemanes practicaron el genocidio". Desde Washington, el presidente de EEUU, George Bush, afirmó que Auschwitz es "un recuerdo del poder del mal y de la necesidad de oponerse al mal donde quiera que esté".
Las autoridades de Alemania han reiterado durante los últimos días su más categórica condena a los crímenes nazis, especialmente el canciller, Gerhard Schröder, el ministro de Exteriores, Joschka Fischer, y el presidente, Horst Köhler, quien encabezará la delegación alemana.
También estarán presentes, entre otros, el vicepresidente de EEUU, Dick Cheney; el presidente francés, Jacques Chirac; el de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, y el enviado especial del Papa, Jean-Marie Lustiger, hijo de un judío polaco y superviviente de Auschwitz, donde fue asesinada su madre.
Los organizadores han invitado también a unos 2.000 sobrevivientes de los campos de concentración nazis y a excombatientes de las divisiones del Ejército ruso que el 27 de enero de 1945 liberaron Auschwitz.

CUATRO CAMPOS EN UNO
"No está lejos el momento en el que desaparecerán los últimos testigos de esa época maldita", declaró el pasado domingo Simone Veil, superviviente de Auschwitz y quien hoy participará en la ceremonia. Veil, expresidenta del Parlamento Europeo, y Waldemar Bartoszewski, prisionero número 4.427 del antiguo campo de concentración, firmarán la Carta del Centro Internacional de la Enseñanza sobre Auschwitz y el Holocausto.
Con el nombre de Auschwitz los nazis rebautizaron la ciudad polaca de Oswiecim, donde en 1940 establecieron cuatro campos de concentración: Auschwitz 1, conocido también como campo base; Auschwitz 2, o campo de exterminio, y los campos de trabajo esclavizado de Auschwitz 3 y Auschwitz Monowitz, al servicio de empresas como Krupp e IG Farben y otras compañías alemanas que se beneficiaron del exterminio masivo y de la industria de guerra.
Auschwitz fue creado en 1940 y destinado, en un principio, a los prisioneros políticos polacos, pero muy pronto se convirtió en un campo internacional. Los nazis empezaron a llevar allí a personas de toda Europa, la mayoría de ellas judías. También fue utilizado como centro de detención de prisioneros de guerra soviéticos, pero sobre todo como lugar para exterminar a judíos, gitanos, homosexuales y personas con deficiencias físicas. Entre los presos había un gran número de españoles.
El campo se convirtió también en el centro neurálgico del Holocausto, el terror y la infracción de los derechos humanos fundamentales, y en un ejemplo de las consecuencias del racismo, el antisemitismo y la intolerancia. Auschwitz era el corazón de un sistema que explotaba a sus víctimas hasta el agotamiento antes de enviarlas a las cámaras de gas, suerte que también corrían los prisioneros que eran considerados no aptos para trabajar y que eran condenados a morir de hambre, debilidad, enfermedad o malos tratos.

EN VAGONES DE GANADO
Tras abandonar los vagones de ganado en los que eran transportados, los prisioneros eran obligados a pasar por una puerta con una inscripción donde se leía: El trabajo os hará libres. Luego debían formar en filas para ser seleccionados por los oficiales de las SS.
Los que eran considerados aptos para el trabajo eran sometidos a cuarentena en el campo de Auschwitz 1 y luego destinados a un campo de trabajo, donde eran registrados y tatuados en el antebrazo. Los presos no aptos eran asesinados el mismo día de su llegada en las cámaras de gas de Birkenau, disfrazadas de duchas, con el gas tóxico Zyklon-B.

Lastrada por la historia

• La ciudad de Auschwitz paga en la vida cotidiana y en la proyección exterior por el campo nazi que albergó
• La mayoría de la población era judía antes de la guerra

GONZALO CÁCERES
AUSCHWITZ

Las medidas de seguridad en torno a Auschwitz eran ayer extremas con motivo de los actos de conmemoración del 60° aniversario de la liberación del campo de concentración de Oswiecim. Éste es el nombre en polaco de la hoy tristemente famosa localidad ubicada en el sur de Polonia, a 60 kilómetros de Cracovia, donde nació el Papa.
Pero los lugareños no se alegran de las visitas. Éstas nunca se quedan en Auschwitz ya que se dirigen directamente a las instalaciones de lo que fueron los campos de concentración nazis junto al pueblo. Las 43.000 personas que viven aquí tienen poco contacto con el medio millón de visitantes que cada año se desplazan hasta el campo y que, además, se establecen en hoteles de Cracovia, que se aprovecha de la mala fama de Oswiecim.
" La historia de la ciudad es un increíble peso con el que tenemos que vivir", afirma Tomasz Kuncewicz, director del Centro de Estudios Judíos de Oswiecim. Kuncewicz asegura que el pueblo está condenado a ser triste. "No se pueden celebrar carnavales o fiestas callejeras a pocas manzanas del lugar donde los nazis asesinaron a casi un millón y medio de personas", agrega Irene Pawlicki, una muchacha de 24 años.

Sólo un superviviente
Como muchos otros jóvenes, Irene ayuda a mantener vivo el recuerdo de la masacre "para que no se repita", pero afirma que en el pasado existió otro Auschwitz, donde antes de la segunda guerra mundial más de la mitad de los habitantes eran judíos. Sólo uno, Simón Kluger, regresó vivo a su pueblo, que se convirtió en un símbolo del Holocausto. Kluger murió hace cinco años y su casa es ahora un museo.
Los esfuerzos para recuperar el nombre de la ciudad han sido vanos. "Todo el mundo conoce Auschwitz, y cuando salimos y contamos dónde vivimos, nos miran con cara rara", declara el joven Adam Sowula. No hay fuentes de trabajo. "Nadie desea comprar productos elaborados en Auschwitz; da igual si son frutas o productos químicos", lamenta.

Horror en blanco y negro

• Las imágenes de Auschwitz y de otros campos han convertido el Holocausto en el primer acto de barbarie humana documentado gráficamente
• La institución israelí Yad Vashem conserva el mejor archivo fotográfico

JOAN CAÑETE BAYLE
JERUSALÉN


Humillación Un judío muestra gafas confiscadas a los presos. Foto: MUSEO DE AUSCHWITZ


Sin habla Algunos de los pocos prisioneros de Auschwitz que fueron abandonados por las tropas alemanas en su retirada descansan en los barracones tras la liberación. Foto: MUSEO DE AUSCHWITZ

"Hice lo que mi corazón y mi conciencia me dictaron". En enero de 1945, horas después de que el Ejército Rojo liberara el campo de Auschwitz, el artista ruso Zinovii Tolkatchez recreó con su lápiz las escenas que los soviéticos encontraron en aquel lugar de pesadilla. Junto a sus desgarradores dibujos, Tolkatchez garabateó testimonios de supervivientes y un aviso: "Recordar, no olvidar". Durante algún tiempo, su obra fue el único testimonio gráfico de la matanza nazi, hasta que aparecieron otras imágenes, fotos que plasman en blanco y negro un horror que supera las palabras y desafía a la razón.
" Hay relativamente pocas fotografías de Auschwitz", explica el profesor David Bankael, director del Instituto Internacional para Estudios del Holocausto de Yad Vashem --la Autoridad para el Recuerdo de los Héroes y los Mártires del Holocausto--. "Las primeras imágenes fueron tomadas por la resistencia polaca en 1944 de forma clandestina. En ellas se ve a soldados nazis quemando cadáveres de judíos al aire libre", añade Bankael. Las fuerzas aéreas de EEUU fotografiaron desde el aire Auschwitz varias veces entre 1944 y 1945.

Un monumento, un nombre
Yad Vashem, creado por Israel en 1953, significa en castellano Un monumento y un nombre y es el mayor centro de estudio sobre el Holocausto del mundo. Su sede en el monte de la Conmemoración de Jerusalén incluye museos, archivos, bibliotecas y varios centro de investigación. A Yad Vashem pertenece la obra de Tolkatchez y también la mejor colección de fotos sobre Auschwitz: la que donó la superviviente Lili Jacob.
" El álbum de Auschwitz es un documento único. En unas 200 fotografías se plasma el proceso de llegada, selección, confiscación de propiedades y preparación del asesinato de un transporte de judíos. Ofrece información de todo el proceso del Holocausto, excepto de la misma muerte", explica Bankael. En un impactante blanco y negro, las fotos muestran la llegada a Auschwitz en 1944 de un grupo de judíos húngaros de Carpato-Rutenia. Se les ve pasar el proceso de selección de los médicos de las SS, vestidos con el ominoso uniforme a rayas o acumulando las pertenencias de otros judíos en esa zona que los internos llamaban Canadá. "El autor de las fotos es un nazi. Se nota por la forma en que estén hechas: desde el techo del vagón de un tren, fuera del grupo", dice Bankael. Probablemente, las fotografías se tomaron para algún tipo de informe oficial.
Lili Jacob llegó con 18 años a Auschwitz en el mismo transporte que el anónimo militar nazi fotografió. Allí, fue separada de toda su familia y transferida a otro campo. El día en que fue liberada, encontró el álbum en un barracón abandonado de las SS, y reconoció a sus parientes y amigos. Lili cedió las fotografías como pruebas para los juicios de Auschwitz que se celebraron en Fráncfort en la década de los 60 y, en 1994, las donó a Yad Vashem.
" El papel de las fotografías, el deYad Vashem y el de otros museos y memoriales es muy importante para dar a conocer todo lo que ocurrió", opina Bankael. El Holocausto es, probablemente, el primer acto de barbarie humano que fue fotografiado, y se produjo en una época en la que la comunicación de masas ya estaba afianzada, con la radio y los periódicos de gran difusión. Pero paradójicamente, el hecho histórico más trascendental del siglo XX no fue la primera noticia del momento.
" La primera gran conmoción respecto a lo que ocurría en Auschwitz se produjo en verano de 1944", dice Bankael. "Entonces, un informe de unas 40 páginas redactado por organismos judíos a partir del testimonio de cuatro fugitivos fue entregado al Vaticano, Suecia y EEUU. Ese informe fue filtrado a la prensa", añade el profesor, quien concluye con contundencia: "En 1944 ya había suficiente conocimiento de lo que estaba ocurriendo, aunque una cosa es el conocimiento y otra la voluntad de hacer algo". Los aliados conocían parte del plan que Hitler estaba llevando a cabo, pero entre sus objetivos militares prioritarios nunca figuró la liberación de los campos ni el bombardeo de las vías férreas que conducían a ellos.
Según el centro Simon Wiesenthal, los corresponsales informaron de las acciones antijudías antes y durante la guerra, aunque con poca profusión de titulares. The New York Times publicó su primera información sobre la "solución final" en junio de 1942. La crónica no mereció grandes titulares, a pesar de que se hablaba del "mayor asesinato masivo de la Historia". Quincy Howe, locutor de la emisora CBS, lo radiaba así el 29 de junio de 1942: "Se estima que los alemanes han masacrado a más de un millón de judíos". En julio de 1944, el Times narró, en la página 12, el fatal destino de 350.000 judíos húngaros, dando detalles de las cámaras de gas.

Liberación de Majdanek
La magnitud de la tragedia empezó a intuirse a partir de julio de 1944, cuando el Ejército Rojo liberó el campo de Majdanek y, por primera vez, los corresponsales accedieron a un campo de exterminio. Entre los que entraron estaba el soldado Tolkatchez. En 1945, cuando las tropas de EEUU liberaron campos como los de Buchenwald y Dachau, las primeras imágenes empezaron a repartirse por el mundo. Los juicios de Nuremberg contribuyeron a hacer pública la atrocidad nazi.
Tras pasar 20 años en el olvido por diferentes motivos --la guerra fría, el deseo de olvidar de los supervivientes...-- a finales de los 60 nació lo que algunos califican de Holocausto con mayúsculas: un gigantesco proceso de recuperación de la memoria que incluye una amplia producción literaria, cinematográfica, periodística, política y museológica. Este fenómeno ha sido muy criticado por intelectuales como Norman Finkelstein --un judío estadounidense hijo de supervivientes--, que en su libro La industria del Holocausto, acusa a sus representantes de tener motivaciones económicas y políticas, y de olvidar a las víctimas.
Pero las víctimas estarán siempre presentes en esas imágenes en blanco y negro de los campos de la muerte. Contradiciendo al filósofo Theodor W. Adorno, tal vez es posible escribir poesía después de Auschwitz, pero tendrá que ser, a la fuerza, una poesía en blanco y negro.


Mutilación Cuerpos decapitados y cabezas de presos se pudren sin ser enterrados en el campo de exterminio. Foto: BC POLONIA


Llegada Judíos procedentes de Carpato-Rutenia entran en Auschwitz, en mayo de 1944, en una foto donada por Lili Jacob. Foto: BC POLONIA


Liberación Algunos supervivientes desfilan sobre la nieve tras la llegada de los soviéticos. Foto: BC POLONIA

CULMINACIÓN DEL NAZISMO

• Auschwitz es el fracaso moral de una sociedad fascinada por la barbarie

FERRAN GALLEGO
PROFESOR DE HISTORIA DEL FASCISMO (UAB)


¡Alto! Dos mujeres cruzan la entrada del antiguo campo de concentración de Auschwitz, en la víspera del 60° aniversario de su liberación. Foto: AFP / DIMITAR DILKOFF


Víctimas Un visitante mira la exposición de fotos de los 76.000 franceses deportados, en París. Foto: AP / JACQUES BRINON

En muchos sentidos, Auschwitz es la crónica de un fracaso. El de los mismos nazis, incapaces de realizar su implacable tarea hasta el límite de una "solución final". El de tantos supervivientes de éste y otros lugares, deambulando en un paseo por el amor y la muerte atestado de recuerdos de infamia y solidaridad. Es el fracaso de seres absortos en su condición de puro testimonio, no siempre manejados con el necesario respeto, con su existencia diezmada convertida en una zona a interpretar por la fría hermenéutica de los especialistas. Es el fracaso de quienes no tuvieron la eficacia de ser escuchados y se entregaron a la resignación del exilio o a frecuentes muertes voluntarias. Es el fracaso moral de una sociedad sumida en la fascinación de la barbarie.
Pero todos estos fracasos mantienen en vilo uno de mayor envergadura. Porque Auschwitz, esa fábrica de la muerte que fue liberada hace ahora 60 años es, sobre todo, el fracaso de la sociedad moderna para comprenderse a sí misma, para adquirir un significado coherente con los principios diseñados por el proyecto que le dio sentido. Lo que la experiencia de Auschwitz puso ante nuestros ojos fue algo que la liberación del buque insignia de los campos de exterminio llegó a ocultar: la pertenencia de Auschwitz a nuestra cultura.
Las referencias más frecuentes pretendieron durante años construir el peor de los silencios sobre aquella experiencia: expulsarlo de nuestra civilización. Se adjudicaba a un paréntesis moral, a una etapa de enloquecimiento colectivo, a un retroceso hacia formas arcaicas de exclusión y prejuicio, a un espantoso carnaval ético que invertía los principios de nuestra conciencia. Era un aterrador interludio en el centro del siglo y del continente, pero en la periferia de nuestra ideología, como una resonancia de los tiempos oscuros yaciendo incomprensiblemente en la modernidad. Nada que ver con nuestra trayectoria. Era inexplicable.
Los protagonistas de aquella experiencia podían aferrarse al silencio para poder recuperar su vida en el olvido. Podían negarse a aceptar que lo que habían pasado fuera un acontecimiento comunicable, porque el horror absoluto carecía de un vocabulario que les permitiera ordenar sus sentimientos. Salvo aquellos que creyeron necesario entregar la parte de vida que les quedaba para dar testimonio de lo sucedido, otros consideraron que su padecimiento nunca podría ser representado, clasificado, integrado en un argumento. Por otra parte, el riesgo de que una explicación condujera a dar un carácter razonable a lo sucedido les parecía inmoral. Para la mayor parte de ellos, cualquier lógica que quisiera concederse a la barbarie, cualquier comprensión del exterminio en su sentido estricto de conocimiento acabaría por conceder a los verdugos un lugar en la historia de nuestra cultura, un espacio en la historia de la humanidad, que las víctimas no deseaban concederles. Lo que había ocurrido aparecía, de esta forma, como una extraña catástrofe alemana que adquiría la calidad, las dimensiones y la falta de sentido de un fenómeno natural, de una convulsión planetaria. La precaución acabó beneficiando a los autores de la masacre.
Convertida en ese territorio amoral, involuntario, enajenado de cualquier relación con las motivaciones, de cualquier inserción en un proceso histórico interpretable, alejado de los principios de causalidad y de la congruencia con una cultura, las víctimas descendían hasta el escalón más infame de su peripecia. Su sacrificio perdía su consistencia histórica, para disponerse en la esterilidad y la ingravidez de una pesadilla.
Sin embargo, esa pesadilla lo era en su sentido más divulgado: era el sueño de la Razón produciendo sus monstruos. Era, aunque pueda parecernos indecente pensarlo así, la consagración de una forma de comprender las relaciones humanas, de proyectar una gran solución a los retos de la sociedad contemporánea. Aunque nunca podamos llegar a medir exactamente el sufrimiento de Auschwitz, los historiadores tenemos la obligación y la posibilidad de devolverlo a su verdadero lugar. Auschwitz es el escenario en que se realizó, de forma apresurada, precaria e interrumpida, la construcción de un mundo nuevo.
Nos repugna usar el término Utopía para hablar de algo que tuvo su realización plena en el exterminio. Pero ¿habrá otro remedio tras la experiencia del pasado siglo, ese siglo del miedo del que hablaría Camus no mucho después de la liberación del campo?
Auschwitz fue el punto de llegada, la culminación del nazismo, el fascismo que llegó a sus consecuencias más terribles y más coherentes. Ese proyecto fue capaz de ganar el apoyo de millones de ciudadanos, de gente corriente y de intelectuales notables, de trabajadores urbanos, de campesinos y de empresarios. No fue una simple enajenación mental transitoria que anularía la responsabilidad de un pueblo, de un continente, de una época. Por el contrario, fue el resultado final de un programa cuya dinámica lo aceleró y radicalizó hasta llegar a la consumación del exterminio.
Al hablar de esa gente corriente no hablamos, sin embargo, de una época risueña. Hablamos de un mundo cuya lógica debemos comprender, si queremos superar la simple náusea. Estamos habituados a acercarnos a Auschwitz desde el efecto narcotizante de las imágenes del horror final, cuando deberíamos comprenderlo en su principio: cuando el nazismo se ofrece a la sociedad alemana como una gran esperanza.
Porque la adhesión al nazismo, y eso es lo más terrible, no fue el resultado de la acción de unos pocos seres enloquecidos, sino la capacidad de que su proyecto pudiera ser comprendido con una aviesa forma de emancipación. Por tanto, para comprender Auschwitz, para imaginarlo de manera adecuada, hay que devolverlo a su capacidad de atracción, a la seducción del nazismo. ¿Por qué tantas personas aceptaron aquel régimen? ¿Hasta qué punto lo relacionaron con el sistema de campos de concentración? ¿Llegaron a comprender que les conduciría, por un camino de exaltación nacional, hasta llegar a las cámaras de gas?

El nazismo fue el resultado de la quiebra de la democracia: no sólo de su sistema de representación formal, sino de la concepción de la sociedad misma. Los alemanes que se entregaron a él lo hicieron por la capacidad persuasiva de un comunitarismo que les incluía a todos, que les permitía compartir un destino, que les restauraba su condición de miembros de una nación orgánica, de un Volk, de una identidad basada en la raza.
Frente a las graves fracturas de la época, frente al desempleo masivo, la quiebra de la protección social y la soledad ante la crisis, el nazismo proponía, ni más ni menos, una restauración del sentido del orden comunitario. Su Estado Racial expulsaba a los judíos de la ciudadanía alemana, convirtiéndoles en una abstracción que ejemplificaba lo contrario al espíritu nacional. Pero también condenaba a quienes fueron calificados de "asociales", de zonas defectuosas del organismo colectivo, que se tratarían en una amplia operación de higiene social.
El nazismo concluyó en Auschwitz, pero siempre lo llevó en sus entrañas como un esbozo, como un embrión que se desarrollaba. La visión de los excluidos concedió a la población aceptada un fuerte sentimiento de solidaridad. El triunfo sobre las condiciones económicas adversas y la restauración del poder nacional verificaron el triunfo de la voluntad comunitaria, el acierto del Tercer Reich.
Los campos de trabajo abiertos desde 1933, las operaciones de esterilización, de aborto obligatorio, de reclusión de los disidentes considerados simples defectos genéticos de la sociedad, fueron acostumbrando a Alemania a la normalidad de una violencia contra los "ajenos a la comunidad" que anestesió frente a la barbarie futura. Los judíos sufrieron un ritmo de exclusión progresiva que se inició con la pérdida de sus derechos como ciudadanos y acabó en su deportación a los campos de exterminio, tras sufrir una retahíla de expropiaciones que se aceleraría en noviembre de 1938.
Curiosamente, todos estos elementos de exclusión certificaban la inclusión de quienes continuaban siendo "libres", de quienes eran verdaderamente "humanos". La violencia tenía, así, no sólo la función de aterrorizar, sino también la de establecer un campo de complicidad, obligando a la delación para escapar a ella, para demostrar y confirmar que uno era aceptado en la comunidad: que era, por tanto, un ser libre, protegido, superior.
Auschwitz fue el lugar que ha servido para designar ese lugar donde la humanidad pierde su nombre. Los campos de trabajo y exterminio estaban organizados con una minuciosa eficiencia, aprendida en las nuevas técnicas de ingeniería social, para emplear el menor tiempo posible en la realización de una tarea. En Auschwitz se fabricaba una curiosa mercancía: la muerte. Y se realizaba apoyándose en los mismos principios de eficacia y racionalidad productiva con que podía fabricarse un automóvil.
Pero, además, en Auschwitz se escenificaba el dominio absoluto de los seres humanos dignos de serlo, los nuevos superhombres, sobre aquellos que eran cotidianamente reducidos a la condición de organismos elementales, útiles para el trabajo y para certificar con su propia esclavitud y su muerte la cohesión de la comunidad libre.
Lo más espantoso de Auschwitz es esa normalidad burocrática, productiva, basada en las normas de competencia que habían inspirado los avances técnicos desde la Gran Guerra. Lo espantoso es que la locura fuera el resultado de una razón al servicio de la explotación absoluta, del carácter superfluo de unos seres humanos cuya utilidad era, además de su trabajo gratuito, su propio valor de uso como ser entregado a la voluntad de una raza de señores, de los verdaderos portadores de la cultura.

Editorial. Por qué no debemos olvidar Auschwitz

• El recuerdo de lo que ya ha sido capaz de hacer el hombre debe ayudarnos a frenar toda intolerancia

Auschwitz es una palabra que condensa todo el horror, aún hoy difícil de entender, de la solución final con la que el régimen nazi quiso exterminar a la población judía de Europa. Cincuenta jefes de Estado y de Gobierno se reunirán hoy en el antiguo campo de Auschwitz-Birkenau, una fábrica de asesinar en la que murieron cerca de un millón y medio de personas, para conmemorar el 60° aniversario de su liberación, rendir homenaje a las víctimas y condenar el Holocausto.

SIN COMPARACIÓN POSIBLE. La muerte sistemáticamente organizada de seis millones de personas por su simple identidad racial no se limitó al asesinato. Perseguía además su deshumanización mediante la destrucción física, psíquica, ética, moral y espiritual. El encarnizamiento del Holocausto no es comparable a ningún otro genocidio anterior, como el de los armenios en Turquía a principios del siglo XX, ni posterior, como los de Camboya, Ruanda o Bosnia. Todos han sido horribles, pero éste nos recuerda el límite: hasta qué abismos puede llegar la inhumanidad de los humanos, un mensaje aterrador porque se siguen cometiendo crímenes masivos en todo el mundo cuando se dan circunstancias determinadas.

UN PESO PARA EUROPA. Auschwitz estuvo en el corazón mismo de Europa. El continente cuna de la civilización y las libertades engendró la mayor barbarie de la historia del hombre. La "ejecución perfecta del reino del diablo", como recordó Elie Wiesel, superviviente de este campo de exterminio, ante la Asamblea General de la ONU. Esa perversión atañe a todos. A muchísimos alemanes en particular, pero también a otros muchísimos que contemporizaron o cerraron los ojos. Por eso Jacques Chirac ha recordado que Francia "no olvidará lo que no supo impedir". Y en España, con retraso, el Gobierno fija el 27 de enero como el Día Oficial de la Memoria del Holocausto y la Prevención de los Crímenes contra la Humanidad.

LA URGENCIA DE LA MEMORIA. Recuperar lo sucedido no es sólo un ejercicio histórico. Supone sobre todo una acción de supervivencia civil para cerrar el paso a los rebrotes xenófobos y totalitarios, a las violencias calculadas. El olvido es la puerta falsa por la que se han colado de nuevo la intolerancia y la intransigencia. Hoy, el antisemitismo y otras fobias contra los diferentes se incuban en el discurso de una extrema derecha en expansión en Francia, Alemania y Austria, que llega a negar el Holocausto. Por eso es más urgente que nunca saber, no olvidar, lo que ya ha pasado.