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Sin Franco, ruptura o reforma. Tras el 20-N, la oposición moderada buscaba conocer a los reformistas del régimen y la izquierda prefería la movilización popular
El Periódico de Catalunya - 18/02/2005



En el Valle de los Caídos El Rey preside el funeral de Franco. Foto: ARCHIVO


Obiols, López Bulla y Sellarès recuerdan los primeros momentos sin el dictador

RAFAEL PRADAS
BARCELONA

La mañana del 20 de noviembre de 1975 el presidente del Gobierno Arias Navarro anunciaba en TVE, con gesto tan afectado como ensayado, la muerte de Franco. Era el primer capítulo de unos hechos que sucederían muy deprisa. España estaba sumida en el dolor oficial y el futuro era una incógnita.
Raimon Obiols, entonces dirigente del MSC, embrión del PSC, cree que en los primeros momentos se impuso la prudencia: "Era muy importante tener toda la información posible de los entornos mas reformistas del régimen, tipo Areilza, que habían mantenido contactos con la oposición".
Aunque coincidiesen en el objetivo de alcanzar la democracia, no todos los partidos siguieron la misma estrategia. La izquierda, partidaria de la ruptura con el pasado, confiaba en la fuerza de la movilización popular.
Para Obiols, "la desaparición física de Franco significó un choque psicológico, un cambio de perspectiva y un salto cualitativo y cuantitativo en la lucha contra la dictadura que desembocaría en las grandes movilizaciones de febrero convocadas por la Assemblea de Catalunya y la Coordinadora de Forces Politiques".

Ni dictadura ni democracia
Por aquellas fechas, José Luis López Bulla, militante del PSUC, era coordinador general de CCOO de Cataluña. "Recuerdo muy bien lo que hicimos al día siguiente de morir Franco: reunirnos, para acelerar la conversión de un movimiento sindical sui generis en un sindicato estructurado".
López Bulla recuerda que uno de sus compañeros, Sebastià Vives, estaba ingresado en el Hospital de Manresa, fueron a buscarlo para la reunión y luego lo "devolvieron" al centro. "Con mas fantasía que otra cosa empezamos a dibujar como debían ser los convenios. Creíamos que la libertad vendría enseguida. Fuimos incapaces de prever esa tierra de nadie, ni dictadura ni democracia, que duró bastante tiempo, salpicada de episodios como Montejurra, Vitoria y, más adelante, la matanza de Atocha. Teníamos alrededor de los 30 años y probablemente gente como Cipriano García o Marcelino Camacho hubieran sido más cautos. Pero fuimos aprendiendo poco a poco".
Es justo añadir que los sindicatos --CCOO, UGT, USO-- jugaron un gran papel para extender la reivindicación de las libertades de Catalunya y del Estatut como piezas básicas de las aspiraciones democráticas.
El dilema reforma o ruptura se planteó con fuerza. Miquel Sellarès, que formaba en CDC, estima que "la preponderancia del PSUC y las organizaciones de izquierda había creado desconfianza entre algunos sectores del catalanismo --el representado por Jordi Pujol y por Josep Pallach-- y creían que podía haber una negociación paralela con los sectores evolucionistas del régimen franquista. La muerte del dictador y la rapidez con que se sucedieron los acontecimientos colocó al evolucionismo en vía muerta".
Al final se pasó de la preconizada "ruptura democrática" a la "ruptura pactada", y de ahí a la "reforma democrática", calificada con ironía por algunos de "reforma suplicada", Fue un proceso lleno de contradicciones. La izquierda sacó a miles de personas a la calle, las cifras de huelguistas fueron impresionantes. Sin embargo, hubo una alta participación en el referéndum de 1976, pese a la consigna abstencionista de la misma izquierda. Para muchos, decir a la reforma ya era una manera de empezar a cambiar.