Que mueran los rojos. Libro: Muerte de un nacional
El Periódico de Catalunya - 27/01/2005
 Rebecca Pawel, en Belchite, un escenario de la guerra civil que centra su enigmática Muerte de una nacional.
RICARD RUIZ GARZÓN rruiz@elperiodico.com
MUERTE DE UN NACIONAL Autora: Rebecca Pawel Traducción: Rafael Marín Editorial: Ediciones B Páginas: 278 Precio: 16 € Sinopsis: Cuando la niña republicana Aleja Palomino pierde su cuaderno junto al cadáver de un guardia civil, dos crímenes representativos de la posguerra española acabarán uniéndose sin remedio.
Carlos Tejada de Alonso y León. O, mejor, sargento Tejada, suboficial de la Benemérita en el Año de Nuestro Señor de 1939. Joven, soltero, granadino, condecorado por su actuación bajo el asedio al Alcázar de Toledo. Falangista y admirador del Caudillo y del Movimiento, experto en paseíllos, convencido de que el rojo bueno es el muerto y de que su destino es limpiar España de marxistas. En definitiva, según su creadora, "una mala persona que se cree buena persona". Semejante personaje, en un reto que la llevó a obtener el Premio Edgar y a ser autora de la mejor novela de misterio del 2003 según el Publishers Weekly, protagoniza el inusitado debut de la filóloga neoyorquina Rebecca Pawel. Escrita con 25 años y concebida como primera entrega de una tetralogía sobre la posguerra española, Muerte de un nacional llega ahora a su lector natural con la propuesta de un doble enigma: el primero, argumental, saber quién asesinó al cabo tiroteado en la primera página; el segundo, literario, descubrir si Pawel ha edificado una obra a la altura del desafío que supone una elección tan singular como la del fascista Tejada. Tres son, al margen de una trama ocurrente y bien desarrollada, los mecanismos que la autora emplea para vencer los prejuicios del lector ante un punto de vista tan explosivo. El primero, documental, consiste en la elaboración de un personaje y una ambientación más que verosímiles: de las miserias del estraperlo al funcionamiento de la Guardia Civil en 1939, de la minuciosa descripción del metro madrileño a la perfecta ubicación de los cráteres causados por las bombas, Pawel crea el escenario perfecto para Tejada, un marco de penuria y recelo fratricida en el que el expeditivo sargento se mueve bien. Más narrativo, hábil aunque a veces arquetípico, es el recurso del antagonista Gonzalo Llorente, republicano que persigue a Tejada para vengar la ejecución que abre la novela. Una escena impactante y bien narrada, que dobla la apuesta al presentar al sargento como un ser sin escrúpulos y que entronca con el tercer factor, el más arriesgado: la recreación de la personalidad del guardia civil, tan desafecto al lector que Pawel debe hacer juegos malabares para humanizarlo, con mérito y talento y con alguna licencia al flirtear con su imposible redención (principalmente, en un happy end a la americana donde Pawel arriesga parte del crédito narrativo acumulado). Gran presentación, en cualquier caso, la de esta audaz novelista capaz de sacar frutos maduros de un material tan sensible, y notable aportación la de su personaje, ejemplar para desterrar un mito aún demasiado vivo en la narrativa española: que el punto de vista de los derrotados sea el mejor para denunciar la miseria moral de una posguerra aún a medio digerir.
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