La alargada sombra de Wojtyla
Jesús Nieto Jurado - 27 de enero de 2005 - Siglo XXI
http://www.diariosigloxxi.com/noticia.php?id=6807
Quizá pueda parecer repetitivo en mis análisis, y es por esto que últimamente mis columnas tienen como objetivo principal de mis críticas la Santa Iglesia Católica, pero únicamente hay que permanecer atento a la prensa para percatarse de la relevancia mediática de los crucifijos, que con envenenadas pastorales se rebelan ante este gobierno que le es incómodo.
El talante aconfesional del nuevo gobierno, en absoluta sintonía con la Constitución, ha despertado las iras del Santo Padre, que observa como ha cambiado aquel país que de recibirle con aires fascistoides y franquistas en Cuatro Vientos, se ha pervertido hasta el punto de ser tierra del libertinaje y del pecado, auspiciados tales desmanes por un pecaminoso gobierno que favorece a homosexuales, asesina a tetrapléjicos y favorece el satánico condón.
Panorama nefasto de esta España del Concordato, reserva espiritual de Occidente, que se desvanece por los nuevos vientos de la globalización, y ante el que únicamente puede poner fín una Cruzada Pastoral de difamaciones a un gobierno elegido democráticamente, mediante las soflamas entrecortadas pero contundentes de un Wojtyla que en sus delirios de grandeza anhela fervientemente rescatar de las garras del Ángel Caído socialista, a aquella nación de místicos, ascéticos, San Ignacios y opusdeístas.
Las injerencias del Vaticano en la política interior de nuestro país, y el libre posicionamiento ante el que los católicos atacan la sociedad laica suponen una amenaza a la estabilidad de la democracia, mucho mayor que los afanes independentistas de Ibarretxe o Carod, que sin embargo son auspiciados por aquella España (la de Pelayo, Fernando VII, Franco y Aznar) que impotente ante el cambio de los tiempos, se toma la bandera y la justicia por su mano, atentando contra el socialista josenatoniano, José Bono, o insultando de manera despiadada a Pilar Manjón, la "mater dolorosa" hispana.
El Vaticano, tomando atribuciones impropias de un Estado reconocido internacionalmente, se afana en emponzoñar la convivencia "aconfesional" de la nación, en un gesto inapropiado, que tratándose de otro Estado originaría un profundo conflicto diplomático, pero que aquí toleramos sin más, agachando la cabeza ante la regañina de Roma.
Que triste España esta que se cierne sobre nuestras cabezas y que olvidada en el tiempo parecía, ésa de la Inquisición de Torquemadas, de sambenitos y autos de fe, que creíamos desaparecida y que amenaza con acritud este efímero y sutil espíritu republicano que subyugado ante sotanas y crucifijos parece condenado a desaparecer.
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