El resurgir de la extrema derecha
Belén Meneses - 19.04.2005
http://www.esfazil.com/kaos/noticia.php?id_noticia=9206
Grupos extremistas de la derecha española irrumpen con violencia en la sociedad exigiendo fusilamientos, insultando a los muertos y apaleando "rojos". Ahora más que nunca tengamos presente que "el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla".
Con la derrota en 1939 del Gobierno republicano comenzó en nuestro país un paréntesis, que había de durar cuarenta años, entre los derechos conquistados durante la República y la reincorporación a la vida en libertad de los españoles. Después de sufrir una dictadura que paralizó la expansión del país y anestesió las conciencias de sus habitantes, la población española, extenuada tras tres largos años de contienda, debilitada por el hambre y las privaciones, sucumbió ante el yugo paternalista del dictador que desde el poder usurpado al pueblo imponía los principios morales, las normas de conducta y la línea de pensamiento único que debían presidir la vida de los resignados y sumisos ciudadanos. Una vez hubimos enterrado entre alabanzas y honores al tirano que había dirigido nuestras vidas con mano de hierro, los españoles nos preparamos para reaprender el arte de convivir en libertad, olvidado por la generación que sobrevivió a la guerra y nunca conocido por aquellos que nacieron durante la dictadura. En aquellos convulsos momentos de nuestra historia los deseos de cambio de unos y el inmovilismo de otros pugnaban por imponerse, y la conversión de un régimen totalitario en un Estado de libertades se acometió con la mirada puesta en el futuro inmediato, pero sin perder de vista las permanentes amenazas, veladas unas veces, trasformadas en acciones otras, de grupos de la derecha más reaccionaria y segmentos de la cúpula militar herederos del ejército golpista del 36. El resultado fue una transición concebida con excesiva prudencia y demasiadas concesiones. Gracias en gran medida a las generosas cesiones y renuncias de la izquierda, fue posible aproximar las posiciones de los depositarios del ideario franquista a las convicciones democráticas de los opositores al régimen. Aunque la nueva situación política no fue fácil de aceptar para los que habían vivido con absoluta devoción el totalitarismo franquista, poco a poco se fueron imponiendo las imparables aspiraciones de emancipación del pueblo tantos años oprimido que terminaron silenciando las voces exaltadas de los extremistas más radicales. Pero estos franquistas entusiastas reconvertidos en demócratas contra su voluntad no se extinguieron como los dinosaurios, y en su fuero interno nunca aceptaron como propias las reglas del juego democrático. Siempre han estado ahí, agazapados. Recordándonos su patética existencia exhibiendo sus símbolos fascistas y gritando consignas xenófobas en eventos deportivos y manifestaciones convocadas para evocar el glorioso pasado de dominación absolutista. Esperando ser camuflados por algún partido democrático que les proporcionara la cobertura necesaria para permanecer invisibles en su organización, aguardando el momento de volver a recobrar el protagonismo perdido. Pudimos verlos la noche del 14 de marzo abanderando la frustración de la derecha derrotada en las urnas. Embutidos en sus Lacoste y exhibiendo sus inalterables peinados de niños pijos, poniendo en duda la legitimidad de las elecciones perdidas y exigiendo el fusilamiento del presidente elegido democráticamente. Les escuchamos dar rienda suelta al resentimiento acumulado en sus pequeños cerebros lacerados por el rencor más miserable, exhortando a los familiares de las víctimas del 11M a que se metieran sus muertos por el culo. De nuevo fuimos testigos de un colérico arranque de integrismo fascista con la agresión al ministro de Defensa en el transcurso de una manifestación supuestamente convocada para apoyar a las víctimas del terrorismo etarra. Recientemente, el desahucio de la efigie ecuestre de su adorado caudillo lanzó a los verdaderos españoles a intercalar sus lágrimas de impotencia con fervorosos gritos de odio hacia los pérfidos antipatriotas que pretenden desmembrar su España. La última hazaña de estos osados matones de pacotilla radica en acudir en manada a reventar un acto cultural y desatar su furia fascista contra un anciano de noventa años. La evocación de nuestra reciente Historia debería llevarnos a no desdeñar el poder de estos grupos radicales de una extrema derecha que siempre ha permanecido latente en nuestra sociedad (si bien en los últimos años encubierta y controlada) que ahora resurgen amparados por agitadores mediáticos del medio radiofónico que jalean su fanatismo exacerbado y utilizan el poder que les otorgan los micrófonos para difundir sus arengas reaccionarias y esparcir el odio entre los acalorados extremistas que hacen suyas las consignas emitidas a través de las ondas. No quisiera caer en la tentación de culpabilizar a nadie que no sean los fanáticos intolerantes que únicamente conocen la violencia como forma de expresión, pero alguna responsabilidad habrá que imputar a los que, con sus discursos sectarios y sus sermones jacobinos, propician que la extrema derecha se sienta tan cómoda en sus filas. Quienes sustentan su estrategia en el insulto y el desprecio al adversario político (a quien contemplan como el enemigo al que hay que aniquilar) y mantienen ese afán incesante de cuestionar un resultado electoral legítimo, deberían hacer un ejercicio de retrospección y darse una vuelta por esa memoria histórica que tan obstinadamente se empeñan en hacernos olvidar. Todos los que somos demócratas por convicción debemos imponernos el deber cívico de reinsertar a los que sienten que la democracia les ha sido impuesta. Para algunos de ellos quizás haya esperanza. Otros, serán irrecuperables para la serena convivencia democrática y estarán condenados a vivir entre el recuerdo y la añoranza del pasado hasta el final de sus días.
|