Dictadores y riqueza
Fernando Hernández - Abril 2005
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Casi treinta años después de la muerte de Francisco Franco, la decisión de retirar una estatua ecuestre suya de la puerta de un Ministerio ha suscitado la polémica.
Mientras el Gobierno y el Partido Socialista han defendido la acción argumentando que no es razonable mantener, en la España actual, símbolos de la dictadura y monumentos al militar golpista que secuestró durante decenios el ejercicio de los derechos y libertades democráticas, la oposición conservadora ha manifestado que, al suprimir esos símbolos, se estaba afectando a la esencia del pacto entre los españoles en que consisitió la transición a la democracia.
Tal vez, con esta polémica sólo estamos poniendo de manifiesto algo sabido: las guerras civiles, los enfrentamientos armados entre bandos que pretenden futuros distintos para un país y que acaban con el sometimiento de una de las partes, generan en la sociedad una división profunda, división que permanece, larvada o manifiesta, durante generaciones.
El Sr. Rajoy seguramente se siente más cercano a los vencedores de aquella contienda, creció en una familia de aquel bando y, por ello, se siente herido en los sentimientos, algo que escapa a cualquier esfuerzo racional. Ni más ni menos herido que podía sentirse el Sr. Zapatero cada vez que contemplara la estatua en cuestión, pues es conocido que su familia perteneció al de los perdedores.
Yo soy de una familia de perdedores.
Incluso de muy perdedores, porque al sentimiento por la derrota en aquella guerra debo añadir las terribles consecuencias, en desarraigo, hambre y miseria, que mis padres sufrieron en la posguerra, lastrando su vida y la de toda nuestra familia.
Confieso que desarrollé desde la infancia una profunda aversión por los símbolos del dictador, sentimiento que no se para en las estatuas, nombres de calles o yugos, flechas, fasces... Alcanza bastante más, pues asocio el himno nacional a aquella figura y sus crímenes, la bandera de España a los fastos del dictador, las altas jerarquías eclesiales a los desfiles y las entradas bajo palio en las catedrales...
En fin, que me parece bien que quiten esas estatuas.
Pero hay algo que no consigo comprender por más que lo intente y que probablemente tenga mucho que ver con esa otra dimensión de las consecuencias de la dictadura para los mios y, por tanto, para mis sentimientos.
Observo que en otros paises, cuando se acaban las dictaduras, sea cual sea el medio por el que se ha puesto fin a las mismas, se divulgan las consecuencias económicas que para el dictador y sus familiares ha tenido el mantenerse en el poder absoluto durante años.
Se sabe, por ejemplo, de la inmensa fortuna de la familia del dictador de Filipinas... o de los tejemanejes económicos de Sadam y los suyos... ahora, recientemente, también los de Pinochet...
Que España fué durante la dictadura de Franco un país muy corrupto es sobradamente conocido.
¿Por qué nadie ha investigado el patrimonio de esa familia?
¿A cuánto asciende su fortuna?
¿Cual fue la progresión económica, tras usurpar el poder, de aquella parejita provinciana que no hubiera pasado de tener una vida acomodada a cuenta de trienios y comisiones de servicio?
Tal vez, de saberlo, el Sr. Rajoy no se mostraría tan dispuesto a mantener sus estatuas en los espacios públicos.
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