La memoria democrática
y la Constitución
ALBERTO REIG TAPIA
Alberto Reig Tapia es catedrático de Ciencia Política
de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona y autor de
Memoria de la guerra civil. Los mitos de la tribu.
EL PAÍS | Opinión - 04-01-2003
Que los vivos entierren dignamente a sus muertos
parece un acto puramente rutinario en un Estado democrático.
Sin embargo, tal no ha sido posible para algunos españoles
hasta el pasado 20 de noviembre. El sistema político
español es una democracia formal desde que se aprobara
la actual Constitución de 1978 que canceló definitivamente
el conjunto de Leyes Fundamentales del Franquismo refundidas
en la Ley Orgánica del Estado de enero de 1967 con
la que la dictadura franquista dio por cerrado su mal llamado
"desarrollo constitucional".
A partir del 20 de noviembre de 1975 se transitó
como "de puntillas" desde un régimen de dictadura
a uno liberal-democrático. Pero en el camino se fueron
quedando inevitablemente no pocas cosas. Pareciera que el
país se sumía en un largo y prolongado letargo:
se negaban los orígenes y antecedentes, se sentía
vergüenza del pasado y se optó por cancelarlo,
anegarlo y olvidarlo por más que a algún relevante
analista le parezcan auténticos alucinados quienes
no cejan nunca de reivindicar la memoria democrática
en un país tan olvidadizo como éste. Borrón
y cuenta nueva dijeron todos, aunque algunos insistían
en la importancia de no confundir la amnistía con la
amnesia.
Aquel olvido ha resultado ambiguamente funcional
y disfuncional para el nuevo sistema político español.
Transcurrido casi un cuarto de siglo desde la Constitución
de 1978 que fundamentó jurídicamente el nuevo
régimen de monarquía parlamentaria, y cuando
puede considerarse que está firmemente arraigado en
la cultura política de los españoles, parece
llegado el momento de poder cancelar "definitivamente"
los silencios, las lagunas y las ambigüedades que le
acompañaron en su proceso de construcción y
consolidación. Hay que establecer una adecuada política
democrática de la memoria colectiva. Sin ella no puede
construirse un auténtico proceso de identidad nacional
en el que, aparentemente, andamos embarcados los españoles
desde hace más de quinientos años, dándose
la paradoja de que siendo uno de los Estados modernos más
viejos de Europa, sea al mismo tiempo quien más se
cuestiona a sí mismo y más vagamente tiene arraigado
su universo simbólico.
¿Por qué? Se ha ido asentando
progresivamente la democracia en la sociedad española
hasta el punto de que es legítimo establecer que gozamos
de un sistema político comparable al del resto de los
países más desarrollados de nuestro entorno.
Sin embargo, no son pocos los analistas que consideran que
dicho sistema adolece de no pocas disfuncionalidades que permiten
calificar a nuestra democracia como de "baja calidad".
¿Por qué la clase política democrática
no ha calibrado la decisiva importancia de semejantes disfuncionalidades
para una auténtica consolidación, profundización
y desarrollo democráticos? ¿Acaso su resolución
era de menor importancia respecto a los objetivos primordiales
del propio proceso de transición democrática?
¿Cómo es posible que un partido democrático
de izquierdas como el PSOE, después del traumático
salto atrás que la dictadura franquista supuso en este
orden de cosas, no fuera absolutamente consciente y especialmente
sensible de la importancia decisiva de afirmar por todos los
medios democráticos legítimos a su alcance una
cultura política, no ya de izquierdas que hubiera podido
ser tachada de partidista o sectaria, sino firmemente democrática?
En este orden de cosas, ¿cómo
ha podido desperdiciarse la extraordinaria oportunidad política
que produjo la victoria electoral de 1982, que en este otoño
tan legítimamente se ha conmemorado, para introducir
la enseñanza de una asignatura obligatoria en la EGB,
hoy ESO, o el BUP, arbitrando para ello las correspondientes
partidas presupuestarias y concursos y oposiciones de acceso
al cuerpo de una materia obligatoria que se llamara, pura
y simplemente: cultura política, y cuyos contenidos
no fueran otros -y sólo ésos- que los valores
superiores que informan la Constitución y la teoría
y la práctica democráticas? ¿Acaso somos
ya tan maduramente democráticos que no necesitamos
para nada formar a nuestros hijos en una cultura política
que les dé razón y cuenta de la memoria democrática
por la que lucharon y murieron tantos españoles y de
cómo impedir a toda costa que nada parecido pueda volver
a ocurrir jamás? Españoles cuyos familiares
sólo quieren que les abrigue decentemente su tierra
materna desde la que llevaban clamando inútilmente
con quien fuera su presidente "paz, piedad y perdón".
¿Acaso no domina el afán de anular al oponente
político? ¿La vieja dialéctica schmittiana
de "amigo" o "enemigo", propia de la dictadura
ha sido eficazmente erradicada de la vida política
actual? ¿Acaso no predomina la actitud cuasi mafiosa
si no de eliminar sí de aislar o neutralizar a quien
no pertenezca a nuestra escudería? ¿Acaso no
se margina o se "ningunea" a quien aspira a mantener
con un mínimo de dignidad su independencia? ¿Acaso
no responde todo ello a un nefasto espíritu gregario,
al sectarismo más destructivo, exclusivo y excluyente,
propio de partido, grupo o clan, donde sus integrantes defienden
sus intereses y aspiraciones corporativos al margen de cualquier
principio ético y, en consecuencia, no ha lugar a la
menor discrepancia que pudiera debilitar la cohesión
del grupo?
¿Acaso toda acción que directa
o indirectamente nos proporciona una ganancia o una ventaja
nos está permitida? ¿Acaso no tiende a predominar
a poco que traspasemos el tenue hilo de seda de la apariencia
y las "buenas formas burguesas" un alarmante fondo
de intransigencia o de doctrinarismo político que vicia
todo el sistema político? ¿Acaso la guerra soterrada
de dossiers o la permanente amenaza de desvelar fotos, vídeos,
grabaciones, informes relativos a la vida particular e incluso
íntima del adversario, la presión, la intoxicación
y la maledicencia continuadas no pone de manifiesto la extraordinaria
vigencia del análisis de la política de Maquiavelo
o de la vieja afirmación de Von Clausewitz de llevar
la política hasta sus últimas consecuencias?
¿No interesa reclamar y exigir la puesta en marcha
o la activación real de una fiscalización adecuada
y unos mecanismos de control del poder realmente eficaces,
transparentes y operativos?
Acometer una adecuada política de la
memoria por todas las razones expuestas nos parece una tarea
tan compleja como imprescindible. Tenemos el pleno convencimiento
de que contribuiría notablemente al reforzamiento de
la cultura política de los españoles. Y para
ello hay que empezar por la plena recuperación de los
lugares de memoria, mediante la elaboración de guías
para el viajero, para el lector, para el vídeo-oyente,
que sepan darle razón de los escenarios históricos
sobre los que transita o puede transitar. Como apunta Vicenç
Navarro, ha habido en España un silencio ensordecedor
respecto a estos temas, hay que reconciliarse sin olvidar,
se ha falsificado la historia y la transición ha sido
incompleta y ha distado de ser modélica, hay insensibilidad
democrática, el coste de la desmemoria histórica
ha sido grave y el olvido, aparte de una gran injusticia,
es siempre un error político.
Hay, pues, que recuperar la memoria histórica.
En este sentido, el Congreso de los Diputados ha aprobado
nada menos que por unanimidad y en un 20 de noviembre, fecha
de la muerte del general Francisco Franco, y de José
Antonio Primo de Rivera, pretendido inspirador ideológico
del régimen, ayudar a los exiliados de la guerra civil
y reabrir las fosas comunes para enterrar convenientemente
a las víctimas de la represión franquista durante
la guerra civil. Tal día pasará sin duda a las
mejores páginas de la historia de la democracia española,
pues también se alcanzó un objetivo ampliamente
perseguido por la izquierda española: la condena del
golpe militar del 18 de julio de 1936 que abrió el
camino de la guerra civil y de la consiguiente dictadura franquista
que habría de prolongarse hasta el mismo óbito
de su principal protagonista. El hecho, sin poner más
énfasis del imprescindible, nos parece de la máxima
importancia y trascendencia, y habrá de tener profundas
y salutíferas consecuencias. Todo el Parlamento español,
mediante una contundente resolución conjunta, ha condenado
por unanimidad la rebelión militar contra la legalidad
republicana y se hace el reconocimiento "moral"
de quienes "padecieron la represión de la dictadura
franquista". Ése es el camino. Se ha dado un paso
verdaderamente decisivo. Ahora sí que podemos descartar
la permanente alusión a las "dos Españas".
Ahora sí que ha terminado la guerra civil, la dictadura
franquista y la transición política a la democracia.
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