Represión
contra los maestros en la Guerra Civil
Los homenajes de los docentes a sus colegas muertos en la
contienda de 1936 recuperan su memoria
CARMEN MORÁN | MADRID - 27/01/2003 - EL PAÍS
Querida Julia, como supongo que cuando vengas
no tendré ánimo para poder hablarte con la suficiente
serenidad te escribo esta carta, que no sé si llegará
a tus manos, para decirte sólamente una cosa: yo soy
inocente. En estos momentos solemnes en que no se miente porque
la mentira es inútil yo deseo y quiero llevar a tu
ánimo, al de la familia, la idea que dejo expresada
y en la convicción de conseguirlo muero tranquilo".
La madrugada del 16 de agosto de 1936 sacaron
a Severiano Núñez García de la cárcel
de Plasencia (Cáceres) camino de la tapia del cementerio.
Un tiro, o quizá más, acabaron con la vida del
maestro de Jaraíz de la Vera (Cáceres). No había
delito. Su viuda no volvió jamás a pronunciar
una palabra. Severiano había nacido 41 años
antes en otro pueblo de la provincia, Barrado. Su historia,
como sus huesos, se pudría en silencio hasta que un
sobrino suyo, maestro jubilado, hijo, nieto y hermano de maestros,
ha podido rescatarla. Antonio Sánchez-Marín
Enciso se ha encargado de que la casa donde vivió en
su pueblo natal luzca una placa que recuerde su nombre, su
vida y su profesión de maestro republicano.
Comenzado el siglo XXI, cuando España
desentierra la historia para hacer justicia al bando que no
la tuvo, algunos maestros como Sánchez-Marín
y otros colegas ya jubilados se esfuerzan por rescatar la
memoria del colectivo docente: "Esperamos que los maestros
tengan en aquellos republicanos un ejemplo de lo que era la
enseñanza pública, laica y en libertad".
Y buscan apoyos para formar una asociación (antonio.sm@wanadoo.es).
El 18 de julio de 1936 sorprendió a
los maestros españoles de vacaciones. Entonces no sabían
que aquella fecha daba inicio a la más penosa etapa
que iban a vivir los docentes en España. Tanto, que
algunos historiadores no dudan cuando dicen que fue el colectivo
más castigado por la represión franquista. ¿Por
qué? "Se les consideraba responsables de haber
inoculado en la sociedad y en las mentes juveniles el virus
republicano. Los maestros estaban muy posicionados políticamente,
eran progresistas y de talante reivindicativo", explica
el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad
de Salamanca Francisco de Luis Martín, autor de La
FETE en la Guerra Civil española.
Hay otras razones. La segunda, de carácter
preventivo. Si no se acababa de raíz con aquellos maestros
de espíritu republicano, al nuevo régimen se
le iría de las manos la política nacionalcatolicista
que pretendía imponer. Y el profesor de la Universidad
Autónoma de Barcelona Francisco Morente Valero apunta
una tercera: sencillamente había que aplicar un castigo
ejemplarizante a los intelectuales en general, que quitara
las ganas a cualquier otro de repetir aquel modelo de vida.
Y lo consiguieron. El miedo más terrible
se instaló en las escuelas y en las familias de los
maestros. Los que no murieron fusilados tras el levantamiento
militar pasaron en su exilio interior la más terrible
purga profesional. Morente Valero ha contado hasta 60.000
maestros depurados en su tesis titulada La Depuración
del Magisterio Nacional, un libro de cabecera en esas casas
donde aún guardan la lista pública de maestros
depurados, cuando muchos ya habían sido fusilados.
Morente explica ahí en qué consistió
la depuración.
En una primera fase, recién declarada
la guerra, son los militares quienes se encargan de peinar
pueblos y ciudades en busca de maestros republicanos. "Pedían
informes a los alcaldes y por esa vía se destituyó
o separó temporalmente de las aulas a muchos de ellos",
explica Morente. A partir de noviembre del 36 la depuración
se burocratiza. Se crean comisiones provinciales y se les
exige a todos los maestros, a todos, que soliciten su propia
depuración como condición para seguir ejerciendo.
Después, la comisión les devolvería el
expediente, favorable para seguir dando clase, o rechazado
y a la calle. Muchos optaron por ir al frente. Pero los demás
tuvieron que someterse al criterio de la comisión,
formada por el director del instituto, un representante de
la asociación de padres, "persona de probada moralidad
católica", un inspector y dos vocales de "solvencia
moral y técnica". Se les pidió que detallaran
qué hacían antes y después del 18 de
julio, cómo recibieron el alzamiento, sus filiaciones
políticas y sindicales, su actividad diaria y privada
y que delataran a sus compañeros. Debían acompañar
su defensa de los informes del alcalde, el cura, la guardia
civil y otros. Toda una defensa sin una acusación previa.
Hubo de todo. Morente ha rastreado minuciosamente
los archivos, las listas de maestros depurados, y ha encontrado
expedientes que, después de 70 años, mueven
a la risa: "Hubo denuncias privadas, de vecinos, en las
que se acusaba al maestro de haber tocado el piano en un baile
público, por ejemplo". En un pueblo de Lugo, el
alcalde se deshizo del maestro, que no era precisamente de
izquierdas, porque en su lugar estaría mejor una señorita
católica, de familia decente, como Dios manda. El alcalde
adjuntaba en su informe esta posdata, que Jaume Claret, historiador
de la Universidad Pompeu Fabra, recuerda más o menos
así: "El hecho de que esta señorita sea
mi hija no es el motivo de la destitución del maestro".
Efectivamente, la purga buscaba también hacer huecos
en las escuelas donde colocar a familiares y allegados. Aunque
fueron tantos los que faltaron que muchos curas y algunos
militares, hasta 2.500 alféreces, se hicieron cargo
de la educación después de la guerra.
A pesar de las variopintas acusaciones que
la red caciquil se encargó de difundir, los maestros,
muchos de ellos católicos, fueron víctimas de
acusaciones y bulos de carácter religioso. Era sencillo.
La República puso las bases de lo que iba a ser la
escuela laica, de pensamiento libre, y mandó sacar
de las aulas los crucifijos que las presidían. Los
maestros, en su intachable comportamiento de funcionarios,
descolgaron las cruces. Ese fue el pecado que se convirtió
en delito.
Después llegó el silencio y el
miedo. El hijo de uno de aquellos maestros fusilados, Alberto
Barrado, de Malpartida de Plasencia (Cáceres), se acerca
ahora tímidamente a aquella historia que le silenciaron.
Muerto su padre, la madre afilió inmediatamente a los
hijos a la Falange. Por miedo. Por miedo, los profesores del
instituto de Boal (Asturias) nunca le dijeron a Hilda Farfante
por qué habían matado a su padre y a su madre,
los dos maestros. Y por miedo, su tía, también
maestra, que la recogió en casa, tapaba con una mano
la boca a su sobrina de 5 años mientras levantaba la
otra en el balcón ante el desfile de los nacionales.
Miedo.
Hilda Farfante, después maestra y directora
como fue su madre, no volvió jamás a Cangas
del Narcea (Asturias). Hasta el 18 de diciembre de 2001, cuando
se colocó una placa en el cementerio del pueblo que
se encarga ya para siempre de recordar a los fusilados. Acompañada
de su familia y de Vicente Álvarez Areces, presidente
de la región donde los maestros sufrieron la represalia
más feroz, Hilda gritó, literalmente, "por
ellos, por su injusta y terrible muerte, por su miedo, por
su dolor, por su juventud truncada. Y por nosotros, los que
nos quedamos sin ellos a merced de sus asesinos [...] Y por
las viudas que vivieron y murieron con la boca bien apretada
para que no se les escapara este mismo grito nuestro".
Hilda tiene ahora 71 años.
En 1977 el Gobierno de la UCD decretó
amnistía para los represaliados. Era tarde para los
maestros, ancianos muchos, muertos ya la mayoría. Sus
familiares, como ha hecho Antonio Sánchez-Marín,
se conforman ahora con seguir la pista de huesos perdidos
en las cunetas o en las fosas comunes de los cementerios.
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