Tres cruces y un
crucifijo
María C. Florentina Pérez recuerda los fusilamientos
de su padre y sus dos hermanos, todos ellos maestros
C. M. | MADRID - 27/01/2003 - EL PAÍS
La madrugada del 19 de agosto de 1936, mientras
el poeta García Lorca iba camino de su muerte en Granada,
un joven maestro republicano, Arquímedes Pérez
Sánchez, de 26 años, caía fusilado contra
la tapia del cementerio de Zamora. Su hermana, María
C. Florentina, no podrá nunca olvidar esa fecha. Apenas
unas horas antes habían enterrado a su padre, maestro
también, fusilado en el mismo sitio. Y todavía
tendría mucho que llorar. El 12 de septiembre otra
tapia de otro cementerio, el de Toro (Zamora), oyó
el tiro que mató al segundo hermano. Arístides
tenía 23 años y era el tercer maestro de la
familia. Está enterrado en una fosa común.
"A mi madre la deshicieron pero nunca
perdió la cabeza. Murió cinco días antes
que Franco, aquí, en mi casa. Yo le escondí
los periódicos para que no se enterara de los últimos
fusilamientos del dictador, unas semanas antes de morir".
Pero Aurora Sánchez Ros los descubrió. "Ése
asesino", dijo, "enfermo y todavía matando".
A sus 87 años María Florentina
conserva como un tesoro una memoria intacta que ha de hacer
justicia a su familia mientras ella viva. Pero el recuerdo
de aquellos días le ahoga. "Ría, ría
un poco", le pide el fotógrafo antes de retratarla
para ilustrar este relato. "Ay, si supiera las pocas
ganas de reír que he tenido y lo mucho que he sufrido".
Pero acaba por hacerlo. Quizá porque el fotógrafo
se llama igual que su padre. Y con esa frase que tantas veces
se habrá repetido a sí misma, le despide en
la puerta: "Adiós Bernardo Pérez",
sorprendida todavía de la casualidad.
El Bernardo Pérez de segundo apellido
Manteca era maestro en Fuentesaúco (Zamora), "el
pueblo de los garbanzos". Como a muchos maestros, a él
le tocó descolgar el crucifijo de la escuela, como
ordenó el gobierno republicano en su afán por
hacer de la educación un territorio laico.
"Nosotros éramos católicos,
mi hermano el mayor hasta se casó por la iglesia, cuando
ya mucha gente se casaba por lo civil", dice Florentina.
Eso, dicho sea de paso, casarse por lo civil, fue motivo de
expulsión inmediata para los maestros tras la guerra.
A los tres muertos de Florentina no se les
acusó de nada. Pero ella sabe la razón de que
les enterraran con los primeros fogonazos de la contienda:
el alcalde del pueblo. "Fue una venganza personal. El
alcalde de Fuentesaúco, un médico dentista,
tuvo un pleito con una sirvienta por 12.000 pesetas de aquella
época. Mi padre era el calígrafo que tenía
que decidir sobre unas firmas falsas y el alcalde vino a casa
a sobornarle para que actuara a su favor. Se indignó
mucho, le dijo que nunca haría eso. Y ésa fue
la causa".
"Pero también voy a decir una cosa:
Franco odiaba a los maestros porque su padre dejó a
su madre y se vino a Madrid con una maestra de Vigo, por eso.
Bueno, eso dicen".
El caso es que a Bernardo Pérez Manteca
y a su hijo menor los detuvieron y los encarcelaron en Alaejos
(Valladolid), desde donde mandaron decir al resto de la familia,
presa en la cárcel de Fuentesúco, que los liberarían
por 5.000 pesetas. Reunieron el dinero, pero no los soltaron.
Padre y hermanos, incluida Florentina, fueron trasladados
a la cárcel de Zamora. Los tres varones salieron de
allí para ser fusilados.
En Zamora quedó la madre y la hija,
de 20 años. Florentina pone un gesto de rabia contenida:
"Vivíamos de la limosna, y de lo que nos quería
dar una tía que nos recogió hasta que me puse
a trabajar y cogimos una casita". "A los 15 años
de los fusilamientos, a mi madre la llamaron porque iban a
trasladar los cadáveres de mi padre y mi hermano para
llevarlos al osario. Los reconoció perfectamente, las
ropas, los zapatos. Hasta el tiro que entró por la
nuca de mi hermano y salió por la frente vio".
Florentina acabó sus estudios de maestra
y se casó con su novio de toda la vida, también
maestro. Ahora, viuda desde hace seis años, vive jubilada
en Madrid. Encima de su cama cuelga aquel crucifijo de la
escuela que recogió el padre. "No quiero homenajes,
sólo hubiera deseado que el pueblo de Fuentesaúco
supiera de quién partió aquella canallada".
Pero no quiere decir su nombre. Levanta la voz. "No,
no lo diré, porque tiene hijos, y los hijos no son
culpables de las canalladas de los padres. ¿Entendido?".
Después vuelve los ojos al boletín
oficial de la provincia de Zamora del 27 de agosto del 36,
donde constan los maestros depurados. Una cruz a bolígrafo
señala dos nombres. Ya estaban muertos. Y aún
faltaba uno.
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