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Babia, sueño y vigilia
Luis Arias Argüelles-Meres - ASTURIAS, 09/07/2002


LA NUEVA ESPAÑA

«Una tumba profanada es como una tumba intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte, pasa sobre la muerte, redobla su trágico interés. No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía cuna» (Unamuno, en una viaje a León, en el verano de 1913)

«Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen la lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón»

(Azaña, fragmento de un discurso pronunciado en Valencia un 18 de julio de 1938)


La historia tiene sus sarcasmos. Es terca. Y testaruda como la realidad. Con todo ello se construye, balsamizándose con la materia de sueños indispensable para fabricar leyendas. Babia es, según una de las expresiones más tradicionales, un estado del alma. Una forma de ausentarse, a partir, supuestamente, de las cacerías de los reyes en aquella comarca, que permitían a las gentes de confianza decidir a su antojo. La memoria histórica decide aflorar en este emplazamiento con una historia sobrecogedora. En Piedrafita de Babia hay una fosa común con 37 soldados republicanos enterrados. Carne de cañón la de aquellos milicianos que se entregaron convencidos de que era cierta la consigna del invicto caudillo según la cual «los que no tengan las manos manchadas de sangre que no teman». Parece ser que los enterraron con precipitación en medio de la noche, y algún animal no perteneciente a la especie humana sacó los cadáveres. El representante eclesiástico, todo un dechado de humanismo cristiano, arengó en su templo: «Para que veáis si son demonios estos rojos que ni la tierra los quiere. Los devuelve, ahí los tenéis».

Ya digo, la historia es tan obstinada como la realidad que la parió. Y la leyenda, por su parte, propende a la justicia poética. Juntas se juramentan para que emerja la memoria histórica tan sepultada como los cadáveres que dejó el heroico general a su paso marcial de gloriosa cruzada. Nadie va a descubrir a estas alturas las atrocidades que se cometieron en ambos bandos durante la guerra civil. Lo que pasa es que la memoria histórica se desquita. Durante la dictadura se airearon hasta el agotamiento los crímenes del bando republicano, mientras se silenciaron los perpetrados por el bando vencedor. Incluso en la transición se insistió en ello por parte del franquismo residual. Por ejemplo, los sucesos de Paracuellos imputados a Carrillo.

En el reportaje publicado en el diario «El País» el 1 de julio sobre estos sucesos de Babia, la hermana de una de las víctimas declara. «Pero allí tienen que estar, en el cementerio, es el único lugar donde no hay dos bandos». En los panteones familiares donde la historia clama por sus ausentes. De ahí, las conmovedoras palabras de Unamuno que encabezan este artículo.

«Pues con callado pie todo lo igualas», escribió el poeta acerca del paso del tiempo y de la muerte. En la misma línea se expresó Manrique en sus inolvidables coplas. La muerte común e igualitaria que no hace distingos de clase ni de señoríos.

La memoria histórica desnuda ropajes alcanforados y deja las cosas en su sitio. Me consta que a más de uno le molesta aún que se hable de la guerra y de la posguerra, incluso que se novelen. La verdad es que lo entiendo porque la historia desarbola los argumentos de un régimen de espadones y de sotanas por su crueldad y por su sadismo, por mucho bálsamo con que se hayan revestido y por mucho incienso con que se haya querido tapar el tufo de la muerte y de la sangre derramada.

No, no queremos historias de buenos y de malos, insisto, si por ello se entiende el discurso de un bando inocente y de otro asesino. Crímenes imperdonables hubo en ambos lados. Lo que decimos alto y claro es que la historia oficial sólo aireó una parte. Y, llegado el momento de las libertades, de la tan bendecida y consagrada transición, la izquierda huyó de las dos justicias, la histórica y la poética, que, bien mirado, son la misma cosa. Lo que también decimos alto y claro es que los que ganaron tuvieron a su lado fusiles y botafumeiros, pero no la razón.

Veo en un telediario la pala que desentierra. Es escalofriante. Salen los restos ante la mirada de vecinos que recuerdan lo acaecido. Y, no puedo evitarlo, recuerdo las palabras de Azaña en uno de sus mejores discursos que también encabezan este artículo.

Pudieron más la tenacidad y el coraje de los babianos con dignidad que todos los políticos, incluida la izquierda de siglas. Es una lección más de ciudadanía, que se dicta desde Babia, territorio que se pierde en las viejas expresiones, y que está a nuestro alcance desde el puerto de Somiedo. Que ya tiene su sitio en la literatura gracias a escritores como Julio Llamazares.

Los que no cejamos en nuestro empeño de denunciar la forma cobarde y traidora con que se enterró la memoria histórica estamos de enhorabuena. Un montón de ciudadanos vilmente asesinados reposará por fin junto a los suyos. Bien mirado, no es mucho pedir.

La memoria histórica no se duerme. Y decidió dar pruebas de su vigilia en un territorio mítico. En Babia, en esos hermosos valles, donde Asturias y León se funden y se confunden, mirando hacia el Occidente. ¿Tendrán algo que argüir ahora todos aquellos, líderes del PSOE incluidos, que decían que no había transcurrido tiempo suficiente aún para hablar de la guerra civil con objetividad? A lo mejor, se callan. Es lo único que les queda.

La historia denuncia y se rebela revelándose. Un 14 de abril de 1931 España se dio a sí misma un régimen con irrenunciable vocación de justicia y libertad. Hicieron falta tres años de guerra, y 36 de posguerra para darle muerte. Y, aún así, los muertos deciden comparecer ante la historia para desenmascarar a tanta patraña cuartelera y de sacristía. El charol negro del que hablaba Federico actuó una noche de aquéllas contra las estrellas. Abajo, quedaron cadáveres que quisieron ser luciérnagas, desafiando al cielo tan querido y huyendo del infierno tan temido de la desmemoria.

Babia, sueño y vigilia. Sueño que dio en pesadilla, como bien sentenció estéticamente Goya. Vigilia que, con el transcurso de los años, hizo justicia de la buena. Justicia poética, con su descarga onírica que se encamina hacia la dignidad. Hacia el republicanismo que es el trayecto a seguir para recuperar la historia y hacer camino al machadiano modo. Para ganar el futuro con dignidad. Para terminar con la era de «atroz silencio» que Ortega vaticinó a la muerte de Unamuno. Y que aún está inconclusa, sino que se lo pregunten a los babianos.


(1) Miguel de Unamuno: «León. Andanzas y visiones españolas», Madrid, Espasa- Calpe, Colección Austral, número 160, 1940, p. 81.