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Cavallo en España (Una viga en el ojo de nuestra historia)
A Coruña Digital - Jueves, 10 de julio del 2003 - Luis Arias Argüelles-Meres


Hace un año la Asociación para la recuperación de la memoria histórica ponía al descubierto algo tan conmovedor como las fosas de Babia. Al día de hoy, Cavallo, un virtuoso de la tortura y de las desapariciones en Argentina, está en España en espera de ser juzgado. La Justicia española puso el cerco en su momento a Pinochet, al que tuvo detenido en Inglaterra, y ahora hace lo propio con el tal Cavallo. El país europeo que intenta juzgar a criminales y torturadores de Chile y Argentina no fue capaz hasta ahora de reparar la memoria de compatriotas suyos masivamente asesinados como perros y abandonados como tales en cualquier descampado o cuneta.

Voces que imploran silencio sobre lo sucedido se oyen aquí y allá. Voces vergonzantes contra eso que conocemos como dignidad humana. Y es que aquí ni hay, ni puede haber, espíritu de revancha. El país que habitamos dice ser Estado de Derecho, y en tal ámbito no hay lugar para venganzas. Menos aún, si se tiene en cuenta que los asesinos de aquellas gentes ni siquiera viven, o, en todo caso, están en una edad demasiado provecta para ser juzgados. Lo que se implora, lo que se clama, es bien distinta cosa. Que esos restos de personas paseadas y fusiladas sin juicio alguno sean acogidos en nuestra historia. Por extraño que parezca, a estas gentes se las asesinó dos veces. Una, en el paseo cobarde y delincuente. Otra, al no haber constancia de su muerte.

Antes de que alguien venga con su avalancha de lugares comunes, es de justicia dejar claro que asesinatos salvajes y ruines se perpetraron en los dos bandos. Sólo que a los mártires de los que ganaron se les rindió todo tipo de homenajes, contra lo que no hay nada que oponer, mientras que a muchos de los muertos fuera del frente del bando perdedor se les negó y se les sigue negando el homenaje póstumo, el ritual funerario que todo ser humano recibe a su muerte.

Tras el final de la Guerra Civil, alguien en Coruña se ocupó de que el nombre de Santiago Casares Quiroga no figurase ni siquiera en el Registro Civil, pues tal organismo, se decía, era para inventariar seres humanos. Canallada semejante pone los pelos de punta. El político republicano cometió, indudablemente, sus errores, pero no fue, desde luego, ningún indeseable. Pues bien, eso que se llevó a cabo con un personaje histórico, se puso en práctica también con montones y montones de personas que cayeron abatidas por las balas sin haber podido tener tan siquiera un Consejo de Guerra Sumarísimo. Como perros terminaron sus vidas en cunetas y descampados.

Y, ahora, unos 65 años después hay quien lanza la consigna de que recuperarlos para la historia es poco menos que un anatema. Hace un año, ante la noticia de la labor de la Asociación para la Memoria histórica en Babia, reproduje estas palabras de Unamuno: 'No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía cuna' Se da la circunstancia de que don Miguel escribió estas palabras en un viaje a León en 1913.

Que un país culto, civilizado y al que muchos consideran cristiano, especialmente, los conservadores, niegue el más mínimo respeto a sus muertos es algo horrendo, es una vergüenza, es un insulto a todo.

Es el hecho de que aquí está Cavallo para responder de sus crímenes. Y es el hecho seguimos asentados, históricamente, sobre un montón de atrocidades que se pretenden borrar de la historia. ¿O es que pasear a gentes de la forma que se hizo no fue un crimen contra la humanidad? Convengamos en que prescribieron los delitos. No se puede juzgar ahora a muertos, o a ancianos. Pero no se puede negar ni por un solo segundo que este país tiene pendiente la restitución de una dignidad que empieza por reconocer la existencia de miles de seres humanos que fueron asesinados como perros. ¿De verdad es necesario tener que insistir en esto?

Uno de nuestros mejores poetas dejó escrito, ya en el siglo XV, que la muerte es algo que nos iguala. Pues bien, hay españoles que esperan esa liturgia, la de poder descansar en paz como seres humanos que fueron.

Pongámonos en una hipótesis que no tendrá lugar. Que Madrid se convierta en una especie de Nuremberg para los represores, torturadores y secuestradores de las dictaduras de Iberoamérica. Pues bien, ¿qué responderíamos si alguno de los procesados pregunta por qué no hemos hecho nosotros lo propio con los crímenes del franquismo?

Va siendo hora de que, a menos, se restituya la dignidad de tantos y tantos muertos. Fueron de los nuestros como seres humanos y como españoles. Mientras esto no se lleve a cabo, entre otras muchas carencias, adoleceremos de falta de autoridad moral para otras condenas.

Y, por favor, que se tenga muy presente que lo que se pretende aquí no es buscar asesinos ni torturadores, sino rescatar la identidad, con ello, su dignidad, de los muertos. ¿Se puede objetar algo a esto que digo?