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14 de abril, flores vivas - Luis Arias Argüelles-Meres
A Coruña Digital - 14 de abril del 2003


Un pueblo en marcha, gobernado con un buen discurso, se me representa de este modo: una herencia histórica corregida por la razón' (Azaña)

No es el 14 de abril un día para la nostalgia de un puñado de trasnochados que ofrendan ramos tricolores en las entrañas de su educación sentimental. Bien mirado, quedó claro este verano que, en muchos casos, ni siquiera hay cementerios donde acudir, porque las fosas están en lugares insospechados que, tras un largo silencio, todavía queda quien los señala. No es tiempo de añoranza el 14 de abril, sino de futuro; esto es, de esperanza. Se encuentra la tercera República al alcance de la vista de todo aquel que quiera darse cuenta de que la calle está yendo por delante de los partidos, incluso de las formaciones de izquierda. Por mucho que haya unos cuantos que se sigan negando a reconocerlo, hay un ciclo que se está agotando. En 1976, como había sucedido, en diciembre de 1874, se inicia un período de Restauración borbónica. Lo que más llama la atención acerca del paralelismo entre ambas etapas históricas es el bipartidismo, así como unas diferencias entre las fuerzas llamadas a gobernar que van poco más allá de la retórica.

La República como forma de Estado no es sólo una opción política democrática, construida con bases mucho más racionales que la monarquía, sino que es además algo que en España podría de forma muy plausible considerarse como asignatura pendiente.

Uno de los historiadores que mejor conoce el Republicanismo español, el profesor Jover- Zamora, habla de tres grandes planos de ruptura que supuso la Primera República: el laicismo del Estado, el federalismo y un cierto jacobinismo social, acompañado de un afán pedagógico, el institucionismo tan ligado al krausismo, que harían suyos tanto la primera como la segunda República. Preguntémonos al día de hoy, sin anteojeras, si, en efecto, el laicismo y el federalismo, al menos estos dos planos de ruptura, no siguen siendo en la España de 2003 asignaturas pendientes.

Preguntémonos, al mismo tiempo, si, con la polémica que generó el silencio del actual Jefe del Estado ante la guerra de Iraq que ya está llegando a su fin, no es admisible una reflexión política donde la Jefatura del Estado ejerza un poder moderador del que los electores llegado el momento puedan pedir cuentas y sancionar, con rechazo o con aceptación, mediante el acto más sagrado de toda liturgia democrática como es el voto.

Por otro lado, decía al principio que la calle está por delante del discurso de los partidos. Piénsese, por un momento, en la proliferación -que a mí me conmueve- de banderas tricolores en las manifestaciones de los últimos meses. Son los portadores de esas banderas como los personajes de Pirandello que buscan autor, que demandan líderes y partidos que se pongan al frente. Y piénsese también que, tras más de 25 años de democracia, tras la muerte del dictador, la bandera del actual Estado, aquella en la que se envolvió Carrillo en los principios de la transición, sólo tiene sitio en los emplazamientos oficiales, porque la calle no la ha hecho suya.

Yo les pediría a los líderes políticos que recordasen una vez más aquellos planteamientos de Ortega, hoy más actuales que nunca, acerca de lo que él llamaba vieja y nueva política, así como la dicotomía entre la España oficial y la España real. Esta última es la que porta banderas republicanas.

Desde el momento mismo en que esto sucede, cosa que no se pudo ocultar desde los medios más oficiales y oficiosos, la República es una esperanza para muchos, y, en todo caso, algo más que un estandarte condenado a emplazarse donde habita la nostalgia.

Si las bicicletas son para el verano, la República es asunto público que vive en el presente y que marca la senda de la esperanza. Quiere decirse, del futuro.