Luis Arias Argüelles-Meres: Crítica al libro de Juan Luis Cebrián: Francomoribundia
La Nueva España 22/05/2003
DESDE LA CAMA DE FRANCO
LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
Pocos días después de su última comparecencia pública en la plaza de Oriente, donde habló acerca de campañas masónicas internacionales, Franco enfermaba mortalmente. Estaban contados los días del régimen. Y empezaron a vivirse tiempos de incertidumbre. El autor de una novela de las hechuras de La rusa y académico de la Lengua, Juan Luis Cebrián, incurre de nuevo en este género. Si en el 99 entregaba La muerte de dragón, ahora inicia la segunda parte de la trilogía desde la muerte de Franco. El título demuestra buen gusto y escasa originalidad, al parodiar el que lleva el magnífico libro de Gómez de la Serna, Automoribundia. En efecto, la segunda novela de esta trilogía (algo, por cierto, muy barojiano) se llama Francomoribundia. Y se novelan los años transcurridos desde la muerte de Franco hasta el golpe de Estado del 81.
Vale la pena detenerse en las primeras páginas de esta novela, más que por su interés estético, como ejercicio individual de instalarnos dentro de aquella cabeza tan fría que tan pocas dudas tenía a la hora de fusilar, encarcelar y desterrar a compatriotas suyos, lo que no era óbice para su desmesurado «amor» a España y para su mojigatería cuartelera. Lo que uno se pregunta, entre otras muchas cosas, es que si en verdad podía saber lo que era amar y lo que era amor un individuo capaz de discurrir un engendro como Raza.
Vienen después Automoribundia los años de la transición. Un hombre del régimen como Adolfo Suárez, a quien Cebrián barrunto que conocía de años anteriores, es el gran artífice de una transición que desde muchos ámbitos se nos pretendió hacer creer que fue modélica. Frente a él estaban un Santiago Carrillo pactista y moderado a más no poder, un PSOE entonces mucho más radicalizado que sus «compañeros de izquierda» y un nacionalismo que difícilmente se puede conceptuar en algo genérico. Como si de un mago se tratara, aquel hombre de pasado azul fue alcanzando pactos que culminaron en primera instancia en las elecciones del 77 y, sobre todo, en la Constitución de 1978.
Cabe preguntarse -y esto lo toca la novela- quiénes protagonizaron este cambio al margen de los nombres propios, es decir, de qué generaciones estamos hablando. En primer término, de la que dejó Franco en sus Cortes, es decir, que en su mayor parte habían hecho la guerra civil, o la habían conocido muy de cerca. Y, en segundo lugar, una generación ya muy próxima a la que tomaría el poder en 1982: la de 1968.
Si estamos hablando de novela, nos hallamos en territorio estético, y procede que nos preguntemos si es hiperbólico plantear que los azules traicionaron a los suyos, a los Principios del Movimiento que tantas veces habían jurado, mientras que los de la oposición no fueron ortodoxos con su historia. Aceptaron la monarquía impuesta por Franco y -lo que es más- acordaron que no se tocase el Estado franquista, es decir, siguieron en la enseñanza los profesores de FEN, continuaron en sus cargos las gentes del sindicato vertical, así como quienes consiguieron canonjías ataviados con correajes y camisas azules, el Ejército era del de Franco, y así un largo etcétera. En la dialéctica, de la que tanto se hablaba entonces, reforma / ruptura salió ganando la primera, mucho más de lo que en principio cabía pensar. Habría que hacer un cuidadoso estudio de hemerotecas para rastrear si alguien entonces recordó la famosa sentencia lampedusiana. Me temo que muy poca cosa.
Hijos de vencedores y de vencidos estaban en la oposición, mientras que una gran mayoría de franquistas aceptó que el régimen, al menos, tenía que ofrecer un nuevo rostro. En efecto, como acaba de declarar el académico Cebrián, no fue aquélla una historia de buenos y de malos. Hubo renuncias y renuncios por ambas partes.
Quien novela este período histórico lo hace desde una atalaya privilegiada. No es mal sitio la dirección del periódico que supuso un cambio radical en la prensa española de entonces. Pero acaso tampoco pueda librarse de la servidumbre que supone pertenecer a la generación que lideró el cambio en España, que, a mi juicio, no estuvo a la altura de las circunstancias y que generó más frustración y desencanto que esperanza.
Si de logros he hablado, también es justo referirse a las carencias. Y es que aquí falta el miedo que se vivía desde ambas orillas. El de unos, a un comunismo estalinista que no podía llegar, y el de otros, a un nuevo golpe del que habría conatos más tarde. No fue una historia de buenos y malos. Pero resultó inaceptable que los perdedores, los exiliados, los encarcelados, fuesen perdonados por sus verdugos. El perdón, en todo caso, repartido. Por lo demás, conviene insistir en la muy díscola etimología: amnistía y amnesia tienen la misma raíz. Y la responsabilidad de esa amnesia que cada vez emerge más tendría que haber tenido mayor cabida en esta novela que tampoco está muy sobrada de recursos expresivos.
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