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Sobre héroes y tumbas, precisamente
Luis Arias ArgÜelles-Meres - La nueva España - ASTURIAS, 13/08/2002


Cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión de todo el pueblo» (Valle Inclán1).

La lectura de la obra de Sábato, en mis años de estudiante de Facultad, además de fascinante, fue sobrecogedora. Empecé por «El túnel», la historia de un pintor atormentado que encuentra a una mujer que da, como un relámpago, el fogonazo electrizante de quien entiende el significado de un cuadro y expresa su intuición de la mejor manera posible: con una pregunta. Y seguí con su otra gran novela, «Sobre héroes y tumbas», que arranca en un atardecer bonaerense con historias y personajes que acongojan y asombran. Héroes fabricados en la fantástica y fantasiosa historia de una familia que vive sus horas de decadencia y sordidez y que, acaso por eso, en el momento de la ruina, transmite gloriosas hazañas teniendo como principales reliquias una calavera y un loco. Personajes fuera de la realidad que rotaban alrededor de un mausoleo de historias. Y en ambos libros, como diría Valle-Inclán, amores desgraciados, abocados al destino fatal de las tragedias griegas, cambiando los héroes por el amor, que es quien fenece y es a quien persiguen los dioses contemporáneos.

Años después, vi un libro-informe sobre la última dictadura en Argentina que firmaba Sábato. Estaba cantado que los torturadores no iban a ser condenados en su mayor parte. Ni se pudo encontrar a los muertos, ni se juzgó a los verdugos. Pinochet también morirá sin ser juzgado.

Por eso, cuando en el mes de julio se propagaron los sucesos acaecidos en Babia al final de la guerra civil, que sacudieron y conmovieron a España, acudieron a mi mente los dos títulos de la obra de Sábato, que explican con precisión lo que nos sucede. Hay un túnel del que no hemos salido aún. Es el miedo que todavía queda no sólo a pronunciarse acerca de asuntos políticos, sino también ­lo que es más inquietante­ al recuerdo. Cuando acudimos a las cercanías de Ponferrada el pasado 13 de julio los ateneos republicanos de Galicia y Asturias, lo que nos dijeron tanto los directivos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica como los lugareños descendientes de los asesinados era que en aquellas comarcas la gente tiene miedo aún a hablar de aquellos asuntos. Miedo a un pasado aterrador. Miedo ­y lo digo con toda la carga de dramatismo­ a los fantasmas del pasado que a día de hoy no se conjuraron, precisamente por haber enterrado la memoria histórica. Acabo de leer en un periódico madrileño que algunas familias conservan como único documento de sus antepasados desaparecidos algo donde consta que fueron muertos en «despoblados» y que su muerte fue la consecuencia lógica de la lucha del movimiento contra el marxismo.

La transición cerró en falso las heridas de una terrible guerra y de una posguerra inacabable. Cuando había el grito en las calles, pidiendo amnistía y libertad, no se dijo todo lo alto y claro que se debía que aquello estaba mal planteado. ¿Quién tenía que amnistiar a los exiliados y represaliados? ¿Eran ellos los obligados a pedir perdón, y no los dirigentes y esbirros de la dictadura? ¿Por qué no se le dio a la generación que había combatido por primera vez al fascismo internacional la oportunidad de explicarse tras un silencio obligado y ominoso de cuatro décadas? ¿Por qué las banderas tricolores que había enarbolado la izquierda fueron a parar a los desvanes y ninguna fuerza parlamentaria de izquierdas se ocupó más de ellas, ni siquiera para homenajearlas?

Se inició una nueva andadura sin reparar la memoria de miles y miles de ciudadanos. Las instituciones del franquismo, intactas, o, en el mejor de los casos, cambiando de nombre. Hasta los profesores de FEN siguieron en los centros de enseñanza públicos. Y, como consecuencia de heridas que se cerraron en falso, de vez en cuando nos asaltan episodios sobrecogedores como el de Piedrafita de Babia, o como el de Ponferrada. Hay una biografía sobre Santiago Casares Quiroga, escrita por Carlos Fernández Santander, que se publicó en los últimos meses del año 20002. En ese libro se documenta que, tras la guerra civil, se decidió que el político republicano desapareciese como nacido del Registro Civil, porque tal cosa no era para que figurasen «alimañas». Pues bien, ese mismo oprobio se cometió contra todos los paseados, y sólo algunos ciudadanos, a día de hoy, con más de 25 años de democracia, pretenden restituir la dignidad de los suyos, que viene a ser lo mismo que exigir la propia. Mientras, la izquierda permanece aún silente.

Bien sé que las atrocidades no fueron algo exclusivo del bando franquista. Pero sus muertos y paseados salvajemente tuvieron sus merecidas honras y recuerdos, mientras que a los del bando perdedor no se les concedió siquiera la condición de seres humanos merecedores de descansar en una tumba, y de ser recordados por sus seres queridos. Sin héroes no hay tumbas. Que ya iniciado el siglo XXI tenga que ser el coraje de unos ciudadanos tenaces el que desentierre cadáveres que fueron enterrados peor que perros, y que ni las instituciones ni la mayoría de los partidos de izquierda encabecen este afán de justicia histórica y poética es indignante a más no poder. Hay un clamor en las tumbas para que los restos de los desaparecidos en paseos regresen a ellas. Y mientras esto no suceda, los fantasmas del miedo campearán a sus anchas vampirizando dignidades, clavando sus colmillos en gargantas que quieren desgañitarse para que sus muertos ocupen los lugares de culto que en cualquier sociedad civilizada merecen, es decir, en las tumbas, que esperan el cálido aliento del recuerdo combatiendo al gélido cierzo del olvido.

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1. Ramón del Valle-Inclán. «La media noche. Visión estelar de un momento de guerra». Madrid, Imprenta Clásica Española, 1918. Página 7.

2. Carlos Fernández Santander. «Casares Quiroga, una pasión republicana». La Coruña, Edicióis do Castro, 2000.

Luis Arias ArgÜelles-Meres