Sobre Memoría Histórica
e Impunidad: NUESTRO PUNTO FINAL PESA EN ARGENTINA
José Ovejero (escritor) - 6/09/2003
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Un país como España, que pactó por realismo político la amnesia
colectiva, no tiene fuerza para pedir la extradición de militares
argentinos
Es sabido que los
defectos que más nos molestan en los demás son aquellos en
los que nos reconocemos nosotros mismos. Y es frecuente también
que exijamos de otros lo que no supimos o pudimos hacer, como
si consiguiéndolo ellos nos redimiésemos de nuestras deficiencias.
Así, buena parte
de los españoles estábamos convencidos de la necesidad de
que en Argentina se anularan las leyes de obediencia debida
y de punto final y también de que se mantuviera en prisión
a los militares que cometieron delitos durante la dictadura
cuya extradición reclamaba el juez Baltasar Garzón.
Pues bien, de visita en Argentina, compruebo --con la frustración
que me llevaba a las reflexiones iniciales-- que muchos argentinos
preferirían dejar las cosas como están y no remover las aguas
turbias del pasado.
ME APRESURO a aclarar que no se trata únicamente de personas
afectas a la dictadura o que la consideraron un mal necesario
en la supuesta y delirante lucha contra el comunismo, sino
de gente que, a pesar de considerar justo el castigo a los
responsables de las atrocidades cometidas en aquellos años,
prefieren dejarlas impunes a provocar un golpe de los militares.
Como me dice un taxista para explicar su postura en contra
de la anulación de la ley: "En este país hemos sufrido
mucho; yo no quiero que vuelva a suceder algo parecido".
Esta situación
me sonaba de algo. Pero por si no acababa de encontrar el
paralelismo, se encargó de hacerlo en mi nombre el congresista
Ricardo Bussi --hijo de Antonio Bussi, el general
retirado y conspicuo torturador responsable de numerosas muertes
de civiles--, quien en el debate parlamentario previo a la
votación para la anulación de las leyes de punto final, aparte
de insistir en lo útiles que fueron para superar las divisiones
entre los argentinos, recordaba que tal manera de proceder
no era sólo propia de países tercermundistas, sino que también
España había actuado de forma similar.
Para apoyar su
argumentación, citó al presidente Aznar y al expresidente
González, quienes expresaron más de una vez su convicción
de que la transición española fue tan modélica como necesaria.
Para no debilitar nuestra incipiente democracia y no provocar
una insurrección del Ejército, se decidió no perseguir los
crímenes cometidos por la dictadura de Franco y mucho
menos los que ambos bandos cometieron durante la guerra civil,
también contra extranjeros.
Con intenciones
menos interesadas que el congresista Bussi, un escritor
argentino me planteaba algo similar: "No es que me parezca
mal que Garzón pida la extradición de los militares
argentinos que cometieron crímenes durante la dictadura",
me decía, "lo que no entiendo es que lo haga un juez
de un país en el que no se exigieron responsabilidades por
crímenes parecidos". Y en verdad, ¿por qué calificar
de genocidio los 30.000 muertos provocados por la represión
en Argentina, y no hacer lo mismo con los más de 100.000 ejecutados
sólo entre 1939 y 1945 por la dictadura franquista? ¿Cómo
reclamar responsabilidades por las familias destruidas y el
rapto de niños allá y no reclamarlas por los cientos de miles
de españoles que pasaron años en campos de concentración?
¿Cómo escandalizarse por los desaparecidos en Argentina sin
hacerlo por los fusilamientos masivos y las fosas comunes
de nuestra guerra civil?
EL GOBIERNO español ha hecho gala de extrema coherencia --si
bien no de principios-- al anunciar que no pedirá la extradición
de los militares reclamados por Garzón: un país que
pactó, por razones de realismo político, la amnesia colectiva
no está bien situado para recordar a otros sus pecados.
Pero ¿de verdad
nos obliga nuestra historia reciente a no intervenir a favor
de la justicia en otros lugares porque no supimos hacerlo
en nuestro país? Por suerte, son los propios argentinos quienes
nos van a evitar esta situación embarazosa en la que algunos
nos sentimos obligados a dar lecciones de las asignaturas
que suspendimos. A pesar de los temores legítimos de muchos
y de las presiones interesadas de otros, los últimos procesamientos
indican que los argentinos parecen estar dispuestos a conservar
su memoria histórica y a construir una democracia basada no
en la impunidad, sino en la igualdad ante la ley.
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