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Un homenaje antifascista en el Congreso de los Diputados
María Toledano - diciembre 2003


El hombre que se guía por la razón es más libre en el Estado, donde vive según leyes que obligan a todos, que en soledad, donde sólo se obedece a sí mismo.

Spinoza, Ética IV, LXXIII

El pasado 1 de diciembre, con la destacada ausencia del Partido Popular (PP), las fuerzas políticas con representación parlamentaria rindieron un emotivo homenaje -como consecuencia de la proposición no de Ley aprobada por unanimidad, el 20 de noviembre de 2002 en el Congreso de los Diputados- a todas las personas que sufrieron las consecuencias de la guerra civil y la represión de la dictadura franquista. En el acto, que contó con la participación de numerosos portavoces parlamentarios, más de 35 asociaciones y 400 invitados se reafirmó una vez más, -según expresa el texto de la proposición- el deber de nuestra sociedad democrática de proceder al reconocimiento moral a todos los hombres y mujeres que fueron víctimas de la guerra civil española, así como de cuantos padecieron más tarde la represión de la dictadura franquista. El encuentro, adornado con simbólicas anécdotas y lágrimas de dolor contenido, fue un clamor contra el franquismo, la lectura reaccionaria de la historia contemporánea que lleva a cabo el PP y su política económica y social. Qué rápido se olvida que la mayoría absoluta del PP es un legítimo resultado electoral. Qué rápido se olvida el prolongado silencio y el zafio comportamiento del PSOE y sus gobiernos respecto a las mismas víctimas.

Fácil sería descargar la ira histórica, la rabia acumulada, contra la ausencia del PP en este tardío (y algo descafeinado) homenaje a los luchadores antifranquistas. Fácil e injusto. Cada uno se debe a sus electores y conoce la (supuesta) sensibilidad de sus votantes que, al fin y al cabo, son los que garantizan la pervivencia del modelo propuesto. Del mismo modo que el PSOE buscaba el centro -ese espacio sin aristas donde regentea la derecha- sin descuidar su (abandonada) tradición obrera con algún cómplice guiño social-populista o guerrista (aunque nunca se viera a los adalides de la pureza ideológica oponerse a los dictados de Felipe González y a la variopinta troupe de Guadalajara), el PP -consciente de las reglas del marketing y de las formas políticas de la sociedad del espectáculo- sabe que una parte de su amplio cuerpo electoral (lectores de ABC o La Razón, oyentes de la COPE o RNE y  espectadores de TVE o Antena 3) son criptofranquistas, tardofranquistas, franquistas sociológicos o como quieran llamar a ese conglomerado ideológico (mezcla de posmodernidad consumista y tradición católica) los creadores del lenguaje. En realidad es que aquí, entre nosotros, queda mucho reaccionario disfrazado de azules y cimitarra con ese típico comportamiento moral entre sumiso, macho y tabernario, tan español, tan asquerosamente reconocible. Mucho neofalangista valeroso (Aznar, Alvarez Cascos, etc.) y neoseñoritas de la Cruz Roja (Botella, Mato, Palacio, etc.) con faldas tableadas por debajo de la rodilla.

En el homenaje del Congreso, y por razones obvias, no estuvo el Partido Popular. Gobernando el PSOE, con permiso de Caldera y de su Secretario General, el apuesto y (siempre) preocupado Rodríguez, ni se planteó. La política (de enmoquetado pasillo) de las democracias formales de mercado es así y provoca extraños compañeros de pacto. En el acto, como no podía faltar, se gritó con pasión la consigna impuesta por la SER y sus acólitos, el agradecido y nada comprometedor No a la guerra. ¿Quién gobernaba en España cuando la alianza internacional del bien atacó a las tropas iraquíes que habían invadido Kuwait, como si ese feudo petrolífero -de dudosa soberanía nacional- fuera Arkansas o Quintanilla de Onésimo? ¿Qué cargo ocupaba Javier Solana (PSOE) cuando se decretó la destrucción de Yugoslavia? OTAN de entrada, no. La memoria política debería estar prohibida por las ordenanzas municipales.

Los homenajeados hablaron bien, con criterio y fundamento, contaron sus cosas, algunos recuerdos, el sufrimiento padecido y reivindicaron su memoria y su vida. Dos minutos (los organizadores parecían tener prisa) para explicar por qué padecieron 20 años de cárcel, cómo murieron sus padres o hermanos. En la mayoría de las intervenciones se destacó la bonanza de la dulce democracia -25 años de Constitución- y se denunció, con razón, el franquismo asesino. ¿Cómo explicar -para qué- que el actual régimen monárquico es la continuación, por otros medios (i)lícitos, del golpe africanista contra el resultado electoral surgido de la voluntad popular un lejano febrero de 1936? Los viejos resistentes -mujeres y hombres de acero y utopía- salieron satisfechos. Y de eso, en parte, se trataba. Recibieron un diploma conmemorativo, les entregaron un ejemplar de la intocable Constitución de 1978 y se fotografiaron con los leones del Congreso. El PP no asistió. Pero tampoco, visto el tono general, hubiera desentonado.

Si este país no fuera lo que es (España es una deformación grotesca de la civilización occidental, repetía Valle-Inclán), si este patatal nacional-católico fuera otra cosa (si hubiera podido ser otra cosa), este homenaje se hubiera realizado en 1978, concediendo a las víctimas de la represión elevadas pensiones económicas por el sufrimiento y  posibilidad real de integración socio-laboral para los exiliados (políticos y económicos) y sus familias. Pero claro, por aquellos años, los partidos políticos andaban en otras negociaciones, café para todos, y la presencia real de las víctimas anónimas, una parte de los cimientos de la nueva sociedad libre, les hubiera alterado sus planes de futuro.

A UCD y Alianza Popular (hoy PP) alguien les hubiera recordado su vinculación directa con la dictadura franquista (hasta la fecha, Manuel Fraga es presidente de una Comunidad Autónoma)

Al PSOE -el partido de los diez millones de votos en 1982 gracias a la desinteresada contribución de la CIA y la socialdemocracia alemana- alguien (sin mala intención) le hubiera recordado su ausencia de la lucha antifranquista y su perversa entrega al capitalismo internacional. Para aligerar el debe del PSOE, aunque su cuenta pendiente ya era larga en esa fecha, suponemos el imaginario homenaje en 1978. Los asesinatos del GAL y la corrupción generalizada (dos de los grandes logros de la convivencia democrática) no puntúan.

A los dirigentes del PCE (desde 1986, Izquierda Unida) alguien les hubiera exigido responsabilidades por pactar -siempre en beneficio del conjunto de la sociedad, explicaban- con las fuerzas vivas del régimen y aceptar la monarquía sacrificando -con el único objetivo de su propia supervivencia como casta- el generoso esfuerzo de los luchadores antifranquistas.

El homenaje a las víctimas de la guerra civil y de la represión franquista resultó un éxito y una respuesta dura y firme (sic) al belicista PP. Este acto fue recogido, al día siguiente, por los periódicos, las emisoras de radio y los informativos de televisión. El País, Grupo PRISA vinculado al PSOE, el mismo partido político que negó cualquier reconocimiento ético a las víctimas del franquismo durante sus años de gobierno, le dedicó su estilizada y mordaz portada. Moderó el acto institucional Rosa María Mateo, presentadora de televisión, con aires de amable institutriz.