Políticas
de la memoria
REYES MATE
Reyes Mate es profesor de investigación
en el Instituto de Filosofía del CSIC.
EL PAÍS - 13 de noviembre de 2002
Corren buenos tiempos para
la memoria. Un día es la creación de una Asociación
para la Recuperación de la Memoria histórica;
otro, la noticia de que países que fueron viveros de
esclavos, como Suráfrica, piden cuentas a las antiguas
metrópolis por su pasado criminal, mientras se produce
un goteo constante destinado a abrir brecha en la sólida
muralla del olvido: congreso sobre el número de campos
de concentración en la posguerra española, propuestas
en las Cortes para que se recuerde a los 'esclavos del franquismo',
revisión en Argentina de las leyes de Punto Final y
Obediencia Debida, comisiones en Francia para investigar los
crímenes franceses durante la guerra de Argelia...
Hemos pasado en pocos años
de celebrar el olvido a convertirlo en conjuro, como si el
mero hecho de evocarle nos liberara de él. Televisión
Española volvió a dar en el clavo recientemente
con un reportaje sobre excombatientes de la guerra civil:
aparecieron los fascistas italianos con sus medallas, sus
gestos, sus nostalgias, sus mismas ideas y el lamento de que
ahora hasta la misma Iglesia cuestione lo que entonces iba
a misa. Y, a continuación, aparecieron supervivientes
de las Brigadas Internacionales con la decepción por
la derrota aún viva y la conciencia de haber hecho
lo que había que hacer. Todo en el mismo plan, aséptico
e imparcial, como si el pasado hubiera nivelado la lucha por
la libertad y contra ella. ¿Son todas las memorias
comparables? ¿Es cierto eso de que el tiempo pone a
cada cual en su sitio?
En Auschwitz llama la atención
el mimo que han puesto las autoridades polacas en subrayar
que eran polacos los que allí murieron. Hacen lo mismo
que los soviéticos que convirtieron los campos de concentración
en prisiones de luchadores antifascistas. Los polacos no quieren
reconocer que las víctimas eran judías -objeto
de su propio antisemitismo- y los soviéticos no querían
saber nada de un pueblo que murió sin apenas resistencia.
El pasado es utilizado como munición para las políticas
de los que mandan. Son políticas de la memoria que
también practica Televisión Española
cuando yuxtapone el pasado de víctimas y verdugos fundidos
en un amable retrato de familia.
La memoria es altamente peligrosa;
por eso hay que preguntarse si este vendaval recordador no
acabará mojando la pólvora. Habría pues
que empezar preguntándonos por qué queremos
recordar o, más distanciadamente, por qué se
recuerda. Las respuestas son reveladoras. Decimos, en primer
lugar, que recordamos para conocer el pasado; frágil
respuesta, porque para eso está la historia, que es
una ciencia, o casi, que proporciona más conocimiento
y más fiable que todas las memorias juntas. La merecida
desconfianza que provocan esas apologías llamadas autobiografías
dan fe de ello. Otros dirán que recordamos para que
la historia no se repita. Ésa es la consigna -de hecho,
una frase de Jorge de Santayana- que despide al visitante
del campo de Dachau. La frase suena bien, pero si uno repara
en ella descubrirá que ahí poco importan las
víctimas. Recordamos en beneficio de los vivos, de
nosotros, extrayendo de los muertos una última plusvalía.
Es un objetivo muy político y escasamente moral.
La memoria moral no es cualquier
memoria, sino la que se refiere a las víctimas. La
memoria como justicia de las víctimas. Pero ¿qué
justicia podemos hacer nosotros hoy a las víctimas
de la Guerra Civil, de la conquista de América, de
las redadas en África para capturar esclavos? La fuerza
de la memoria consiste en abrir expedientes que la historia
o el derecho daban por definitivamente cerrados, sea porque
había prescrito el crimen, sea porque no había
manera de resarcir del mal y habían desaparecido los
culpables. La memoria no se arruga ante términos como
prescripción, amnistía o insolvencia, pues tiene
la mirada puesta en la víctima. Y si hubo una injusticia
pasada y no ha sido saldada, la memoria proclama la vigencia
de esa injusticia. Ese papel de la memoria fue captado con
justeza por García Márquez y el grupo de intelectuales
colombianos cuando protestaron por los visados exigidos a
sus compatriotas para entrar en la Unión Europea: 'Somos
los hijos o los nietos de los esclavos y los siervos injustamente
sometidos por España... Explíquenles a sus socios
europeos que ustedes tienen con nosotros una obligación
y un compromiso históricos a los que no pueden dar
la espalda'. Hay que explicar, no sólo a los socios
europeos, sino a nosotros mismos, que deudas contraídas
hace quinientos años tienen todavía vigencia.
Cuando se exhuman los restos de los asesinados por unos pistoleros
falangistas en una cuneta de Piedrafita no sólo es
para darles digna sepultura, sino que se nos pone delante
una brutalidad pasada que compromete a los herederos de los
vencedores y de los vencidos.
La memoria no salda la deuda,
sólo la hace presente, y ese simple hecho conmociona
la existencia de las generaciones posteriores por varias razones.
En primer lugar, porque cuestiona nuestro presente, construido
sobre el olvido. Europa hizo la experiencia en la II Guerra
Mundial de la inhumanidad que pueden generar el nacionalismo
étnico, más un mercado sin escrúpulos,
más una ideología del progreso que asumía
con toda normalidad el coste humano y social de unos para
el bienestar de otros. Seguimos en las mismas, aunque hayamos
desplazado los efectos perversos al Tercer Mundo o la periferia
del nuestro. Nosotros nos podemos engañar con nuestro
presente, pero no la memoria de quienes recuerdan lo que esa
lógica ha dado de sí. La segunda razón
afecta al derecho vigente, que es amnésico. Confunde
la justicia con el castigo al culpable, olvidando al sujeto
de la injusticia. Hemos progresado mucho, por fortuna, en
la garantía de los derechos del presunto culpable,
pero no mostramos el mismo celo respecto al sufrimiento de
la víctima. La memoria cuestiona ese olvido y recuerda
que lo fundamental en la justicia es la injusticia cometida
contra alguien de carne y hueso. La memoria rescata finalmente
la mirada de la víctima. La realidad tiene muchas perspectivas,
pero la víctima tiene la suya propia, que no es la
de la historia, ni la de la ciencia, ni la de la sociología.
No es una perspectiva más, pues lo que ella ve es el
lado oculto de la realidad. No habrá verdad ni conocimiento
verdadero si no se tiene en cuenta esa parte de la realidad
que no aparece porque ha sido declarada insignificante. Pensemos
en las pirámides de Egipto o en las catedrales medievales:
son monumentos de cultura para nuestros ojos civilizados;
para la memoria, en cambio, lo son también de barbarie,
porque recuerda a la legión de esclavos y desheredados
que las hicieron posible. Por eso sentencia Adorno 'que dejar
hablar al sufrimiento es el principio de toda verdad'. No
hay conocimiento de la realidad en su integridad sin la presencia
de esa parte dolorosa que es el secreto de la memoria.
Memoria moral es sinónimo
de justicia, y el antónimo de olvido es injusticia.
La memoria moral no es recordar el pasado, sino reivindicar
el sufrimiento oculto como parte de la realidad o, lo que
es lo mismo, denunciar toda construcción de presente
que ignora la vigencia de una injusticia pasada. Por eso no
es lo mismo la memoria de excombatientes fascistas que la
de los asesinados en la cuneta de Piedrafita. La memoria de
los primeros ya se realizó en el franquismo y sigue
vigente en un presente en el que los vencedores de antaño
han encontrado una benevolente legitimación; su memoria
sólo servirá para reproducir la lógica
violenta que les hizo temibles mientras pudieron. La memoria
moral capaz de romper esa lógica letal es la de los
inocentes que murieron sin razón. Lo que hace moral
a esa memoria no es tanto la nobleza de los ideales que tuvieron,
que los tenían, sino el hecho de que fueran inocentes.
Es su inocencia la que cuestiona cualquier sistema político,
aunque sea el de la democracia, si ésta acepta como
precio de su éxito el olvido de la injusticia cometida.
|