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Habla
de cómo en un pueblo de El Bierzo (León) están desenterrando
los cuerpos de los fusilados en la guerra civil
Poder
llevar unas flores. Rezar. Llora!: Saber, al menos saber,
que allí mismo descansa un cuerpo, un nombre. Ella.
Emilio
Silva sí lo sabe. Emilio Silva, de la Asociación para
la Recuperación de la Memoria Histórica, un día quiso
saber dónde estaba su abuelo, aquel hombre que llevaba
también su nombre, pero al que la tierra había borrado
toda identidad. Buscó y buscó. A aquel hombre, a aquel
Emilio Silva, el que tenía una tienda en Villafranca
de El Bierzo, en la provincia de León. Le detuvieron
un día.Se lo llevaron. Venganzas, envidias, rencores.
Nunca se supo de él. Con el tiempo, el joven Emilio
Silva, con paciencia y dolor, fue reconstruyendo aquella
pequeña-gran historia: a Emilio le sacaron unos falangistas
de la cárcel, le llevaron con otros 12 a Priaranza,
muy cerca de Ponferrada. Los mataron en la carretera
y los dejaron tirados, ensangrentados, en la cuneta.
Tardaron en enterrarlos. Nadie quería hacerlo. Y al
final, juntaron sus cuerpos en una fosa común. Y allí
sufrieron durante años, largos años, el olvido.
Dicen
que Franco les negó el recuerdo.
Que los condenó al olvido. Que quiso enterrar su memoria.
y que, duran te décadas, lo consiguió. Era una manera
de castigar al vencido. Ya lo hizo, en su momento, Fernando
VII con los afrancesados. La abogada Elena Reviriego
recuerda que "los tratados internacionales nunca
se cumplieron". Nadie se molestó en tomar nota
de los muertos, en hacer listas. Todo lo contrario.
Fue una operación pensada, perfectamente planificada.
Se quiso borrar todo recuerdo, toda memoria. Hacer sufrir
a sus familiares, que no supieran jamás qué había sido
de sus seres queridos.
Franco,
dicen, lo intentó. Pero no lo consiguió. Hace muy poco,
unas semanas, la Asociación para la Recuperación de
la Memoria Histórica ha abierto fosas que se creían
olvidadas en León. De allí seguirán otras. En un proceso
que ya es imparable. Durante los años más duros del
franquismo, los vecinos han mantenido encendida una
luz entre las tinieblas del miedo. Y ahora, viejos y
temblorosos, han rebuscado en sus recuerdos y han señalado
el sitio donde estaban enterrados, donde siempre supieron
que descansaban aquellos cuerpos vencidos, los viejos
huesos que clamaban por la memoria.
Junto
a la nueva carretera de Cubillos a Ponferrada hay un
cartel que dice: coto de caza. Durante años los vecinos
han estado acudiendo allí. Buscaban entre los matojos
unas piedrecitas alineadas, una pizarra marcada con
el fIlo de una piedra.
'Aquí,
¿sabe usted?, hay varios cuerpos. Un maestro, el abuelo
del actual presidente de la pedania de Fresnedo, que
era el alcalde socialista en el 36, gente que estaba
con la República. Nunca dejamos de venir".
Nunca
dejaron de ir, a escondidas, para rezar a sus muertos.
Nunca dejaron de depositar ramilletes de flores. Eran
sitios que los cazadores respetaban. Se santiguaban,
temerosos, y evitaban hollarlas con sus botas. En algunos
casos dejaron que sobre ellas crecieran los árboles,
las cercaron y marcaron para que los animales no pastaran
sobre ellas. Se hablaba de aquellos muertos en las noches
más frías, al calor de la lumbre. Esperando. Siempre
esperando a que las cosas cambiaran. A que alguien reclamara
aquellos cuerpos que se pudrían en el olvido de los
vencidos. Ahora las fosas han sido abiertas. Los cuerpos,
recuperados. Pero quedan en España decenas de fosas.
Cientos. ¿Quién lo sabe?
Dice
Emilio Silva que él siempre tira por
lo bajo. y que por eso calcula que habrá en torno a
30.000 desaparecidos. Muertos de los que no hay constancia.
Cuerpos que ni siquiera tienen el recuerdo de lo que
un día fueron. Pero otros dicen que 30.000 son pocos.
En todos los pueblos hay desaparecidos.
Vicente
Moreira buscó y encontró el cuerpo de su madre. Él era
un mocoso cuando la detuvieron. Tenía Isabel Picorel
42 años y fe republicana. y recuerda Vicente, todavía,
la noche negra de aquel agosto del 36 cuando su madre
huyó con él y con sus hermanos al monte de Langre, en
El Bierzo. y le dio calor con sus brazos... y recuerda
que cuando bajaron del monte la detuvieron. y ahora,
todavía, oye los gritos de ella, torturada. y cómo olvidar
cuando él, con apenas 10 años, huyó con sus hermanos
y se escondió en un pajaI: y los falangistas les buscaron.
Y con saña salvaje, clavaban los bieldos de hierro entre
el heno, para que la sangre delatara a los fugados.
Y recuerda cómo fueron durante días, hambrientos y helados,
de Ponferrada a Oviedo a buscar al padre. Y cómo les
embarcaron en un viejo barco que les llevó a Rusia.
Y recuerda Vicente Moreira, hoy ya anciano, hoy el corazón
limpio de odio, cómo ha estado durante años empeñado
en encontrar a su madre. Dispuesto a desenterrarla con
sus propias manos.
Pero
el caso de Vicente Moreira no es el único. Él encontró
a su madre. Un día, una excavadora desenterró los restos
de las cuatro personas que en un prado de Fresnedo descansaban
de tanto sufrimiento: Isabel Picorel, 42 años; Cipriano
Alonso, 44 años; Sergio Rodríguez, 27 años, y Bernardino
Carro, 21 años.
Otros
han tenido peor suerte. Ángel,
por ejemplo. Él no sabe dónde está enterrado su padre.
Sólo recuerda que un día vinieron a buscarle a su casa,
en un pueblo de la Alpujarra de Almería. Que el padre
había vuelto del frente pensando que, con el fin de
la guerra, todo había acabado. Pero no era así. Vinieron
unos falangistas y se lo llevaron. Y nunca más supieron
de él. Su madre cogió a los chicos, horrorizada, huyó
a Madrid.
"Las
cosas no se han olvidado, y prefiero que no mencione
el pueblo. Todavía hay mucha gente viva. Gente que hizo
cosas. Ya no queremos líos... Yo, todavía me acuerdo
de aquellas mujeres a las que cortaban el pelo al cero.
Esas pobre mujeres... ¿Sabe? Lo peor de esto es no saber
dónde está. No saber siquiera dónde llevarle unas flores".
El
olvido ha pesado como una losa. Y el miedo. Julia recuerda
que algunas de aquellas muertes tenían detrás otros
intereses. Los vencedores, como en las víejas guerras,
se quedaban con los bienes de los vencidos: ovejas,
tierras, casas... Hoy todavía, en los pueblos se cruzan
los hijos de aquellos en las plazas de los pueblos.
Y nada dicen.
Tal vez por eso, Pedro Camons no ha conseguido, todavía,
que alguien le ayude a encontrar a su padre, Andrés
Camons, ferroviario. Desaparecido en una de las mayores
fosas comunes de España, la de Mérida. Se calcula que
allí pudieron enterrar a unas 4.000 personas. Pero es
una cifra de la que es difícil dar seguridad.
Pedro
Camons lleva largos años hablando
con unos y con otros. Empeñado en que las autoridades
empiecen a buscar la fosa situada en torno al cementerio
de Mérida. Allí enterraron a los fusilados junto a sus
tapias, y a los que morían de hambre y enfermedad en
sus cárceles. Tuvo Pedro que esperar a que su madre
muriera. Su madre vivió con miedo. Cuando su marido
GI desapareció, la mujer hizo lo mismo que la madre
de Ángel, cogió a sus cuatro hijos y huyó del pueblo.
Desde los años ochenta lleva Pedro buscando ayuda.
Nadie
le ha hecho caso.
"Todos
quieren olvidar. Me han dado buenas palabras y nada
más. He escrito al Rey, al presidente del Gobierno,
a la Junta de Extremadura. Sólo me ha ayudado Miguel
Iglesias. Era médico y concejal socialista. El único
que se ha interesado". [...]
"Lo
único que deseo es que reconozcan
que mi abuelo fue leal. Que luchó por el Gobierno legal.
Que tenga la tumba que se merece y no un hoyo de huesos".
Dori buscó y encontró a su abuelo, enterrado en una
fosa común, en Cartagena. Está con 50 marinos más. Ha
luchado, siempre con su prima Juana, para reivindicar
el recuerdo, la lealtad, la grandeza de un hombre que
fue fiel a sus ideales. Por eso todavía defiende ese
recuerdo del abuelo marino. y lleva años buscando un
reconocimiento que le niega la aparente democracia en
la que vive:
"Hemos
tenido tantos problemas", se lamenta.
Pero
son problemas que se han ido repitiendo a lo largo de
los años. Los mismos problemas con los que se han encontrando
los familiares de los que durante décadas han estado
enterrados. En tantos sitios... En Extremadura la represión
fue brutal. En Badajoz los fusilamientos superaron cualquier
cálculo. Tantos, cuentan, que en la fosa abierta junto
a las tapias del cementerio hubieron de quemar los cadáveres
porque no había forma de darles sepultura: carabineros,
milicianos, militares profesionales, hombres del pueblo,
quedaron consumidos por las llamas.
Ángel
Hidalgo cuenta en su Historia de Alcuéscar
que la Junta Local del Movimiento pagaba 25 pesetas
por la muerte de un rojo. No era extraño que pistoleros
falangistas entraran en los calabozos y sacaran a punta
de pistola a los detenidos para ejecutarles en el Cerro
Pelado, en la carretera de Montánchez. En Castuera,
en La Serena, vive todavía el recuerdo de aquel gigantesco
campo de concentración. Dicen que había 6.000 ó 7.000
prisioneros que morían de hambre y enfermedad. Muchos
cuerpos yacen olvidados en algún sitio.
La
fosa de Mérida es, junto con la de Oviedo, posiblemente
la que más cuerpos encierra. Pero la de Oviedo tiene
un buen número de sus cuerpos identificados. Se calcula
que hay en torno a 1.316 cadáveres con nombres y apellidos.
Pero el total supera los 1.600. La fosa tiene 21 metros
de largo por 12 de ancho, según cuenta Herminio J. García
en su página web de la Asociación de Familiares
y Amigos de la Fosa Común de Oviedo, la profundidad
se desconoce.
Muchos
fueron ejecutados allí mismo,
junto a las tapias del cementerio, y otros, trasladados
desde otros puntos de la región. La fosa se encontraba
en el cementerio civil, separada por un foso del cementerio
católico. En los primeros setenta se echó abajo la tapia.
y se juntaron todos los muertos.
¿Qué
buscan esos nietos, esos hijos del polvo? Lo dice Dori.
Lo dice Emilio. Lo dice Vicente Moreira. No hay
odio. Sólo ese deseo de buscar la paz. Paz para los
muertos. Unos muertos que están por todo el país. Están
en Cataluña, en Lérida, donde cerca de 700 hombres duermen
en paz en un panteón del Ayuntamiento de Camarasa. O
en Pandols, o en Teruel, con un millar de cuerpos olvidados,
o la del Monte Arenas...
¿y
dónde está la fosa donde descansan los cuerpos de Garcla
Lorca y de sus compañeros asesinados en aquella noche?
...la
memoria sigue enterrada. Pero hay más. Algunas fosas
desconocidas. Como la de Milagros, en Burgos.
José María Pedreño no tiene a nadie enterrado.
Pero ha buscado, reconstruyendo el recuerdo, a los desaparecidos
de un pueblo que tiene un nombre literario, un nombre
de libro de versos. De Iglesia, casi: Milagros. Él ha
buscado la fosa donde enterraron a tantos vencidos.
y la ha encontrado. Ha pisado con emoción la tierra.
Sembrada ahora de trigos. Un trigo que se nutre de cuerpos,
de muerte que, dice, "ahora da vida. Ya ves".
Él dice que allí, a la casilla -una vieja casa
de camíneros llevaban a enterrar a los fusilados, a
los condenados sin juícío, a los paseados.
Dice
Pedreño que él sólo ha querido recuperar el dolor.
Bueno. O hacer que el dolor se pierda. Él, que a nadie
tiene a quien rezar, quiere rezar por todos. O, a lo
mejor, no rezar por nadie, porque no es creyente -¿sabe?-
no es creyente. Pero, tanto olvido...
Está
la memoria viva. Tan viva. Cabalga por las páginas frías
de Internet: "Llevo investigando la muerte de mi
tío- abuelo, que fue paseado en octubre de 1936...",
escribe alguien. "Pregunto por mi abuelo Luis Cienfuegos
[...] fue detenido y enterrado en una fosa desconocida,
al pie del Pajares". "Mi abuelo fue paseado
por varios falangistas y la Guardia Civil de Vega de
Espinaredo". Otro: "Fue llamado a declarar
a una finca en donde una brigadilla de guardias civiles
y falangistas tenían su sala de torturas. Ya no supimos
más de él. Por favor, si alguien puede aportar algún
dato de su paradero...".
Hace
unos días, un muchacho escribía
en Internet, en la página web de un cantautor: "Hoy
estoy feliz. He escuchado que en El Bierzo, León, se
están abriendo varias fosas comunes de la guerra civil.
Una vez mi abuelo me explicó que en su pueblo natal,
ya abandonado, mataron a un oficial del ejército republicano.
Si vais ahora a ese pueblo y entráis en el cementerio,
veréis que detrás de una pared está enterrado [...]
Una vez le dije a mi abuelo que, ahora que todo ha pasado,
estaría bien tirar la tapia que le separa del resto
de las personas que están allí enterradas".
Hay
gente, todavía, que busca esas mismas tapias. Para derribarlas.
Lo harán..
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