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Artículo sobre Soldados de Salamina: Rafael Sánchez Mazas
Luis Arias Argüelles-Meres - 26.3.2003


La novela de Cercas «Soldados de Salamina», con su posterior versión cinematográfica que vive días de estreno, hace que este escritor falangista forme parte de la actualidad. No siempre las comparaciones son odiosas. A veces, resultan imprescindibles. En ocasiones, como la presente, es escandaloso que no se establezcan. Pensemos en dos escritores del régimen franquista, en el propio Sánchez Mazas y en Leopoldo Panero. No sería fácil explicar en pocas líneas cuál fue el testamento literario de ambos, pero sí salta a la vista que la descendencia que tuvieron, que incurrió también en la literatura, les salió muy respondona a los dos. Esta comparación, hasta donde sé, ningún crítico ni historiador literario quiso o supo establecerla. Sobre las ruinas de la literatura franquista y sus mitos y ritos, se alza una novela como «El Jarama», de Sánchez Ferlosio; o unos poemas como los de Panero hijo, el más delirante y el más lírico de sus descendientes. Sobre las ruinas de la casa de Astorga trepan versos que abofetean aquella vieja retórica. Sobre las ruinas de mitos falangistas se erige la prosa despojada de candideces de Rafael Sánchez Ferlosio.

Pero es más incomprensible aún que nadie haya querido establecer la comparación entre esa historia llena de sebo y caspa llamada Raza, con su correspondiente versión cinematográfica, y la peripecia vital del escritor Sánchez Mazas. En la primera de estas historias, de cuyo autor es mejor no hacer mención, había un fusilado que no moría gracias al efectismo milagrero de toda la bisutería del santoral franquista. En el episodio vivido por el autor de «La vida nueva de Pedrito de Andía», el fusilamiento tampoco es mortífero. Pero lo primero es una ficción burda. Mientras que lo segundo es un hecho real cargado de poesía, y, por tanto, de futuro. Es la diferencia entre la brocha gorda más tosca y la literatura. Entre la propaganda más chabacana y el lance que vivió alguien que sabía lo que era contar. La realidad superó con creces a la ficción. Sobre ella construye Cercas su relato. Y tiene a su favor haberse atrevido con una peripecia real y apasionante de principio a fin. Tiene escrito Mainer un libro muy interesante sobre la llamada literatura falangista. Eduardo Haro publica de vez en cuando artículos muy esclarecedores al respecto. Sánchez Mazas es hombre y escritor que suscita siempre comparaciones. Por ejemplo, entre su novela antes citada, «La vida nueva de Pedrito de Andía», y otra que escribió Torcuato Luca de Tena, con título sugestivo, «Edad prohibida». Son historias protagonizadas por adolescentes. Y sale ganando la de Sánchez Mazas. Leí estas dos novelas en el año 72, a mis 15 años, y de la de Sánchez Mazas recuerdo sobre todo la relación del protagonista adolescente con su tía, mientras que de «Edad prohibida» se me quedó el final con moralina, donde entre compañeros de colegio, uno es presidiario y otro, carcelero. Moralina de ésas que a veces la realidad certifica con su ramplonería. Supe entonces que prefería las novelas de Baroja, como «Zalacaín el aventurero», o «Las inquietudes de Santi Andía». Sabría, muchos años más tarde, que el artista adolescente era el de Joyce, era el innominado protagonista de «El jardín de los frailes» de Azaña y era también el ayalino Bertuco en A.M.D.G. Hijos todos ellos, según creo, de Julián Sorel, el de «Rojo y Negro», de cuyo autor, Stendhal, conviene recordar la definición orteguiana de «narrador a divinis». El artista adolescente volaba más alto que los personajes de Sánchez Mazas y de Luca de Tena, ya que no supieron sus autores dar alcance a la caza de la genialidad. Creo que la película, como tal, no desmerece a la novela. Y me parecen muy logradas las dos principales imágenes que nos brinda. El soldado que baila un pasodoble con su mosquetón, haciendo un guiño a la vida, en medio de la mugre y de la muerte. Y la mirada entre aquel mismo soldado y el fusilado prófugo. La única pena, la mayor pega es que no se saque, ni en el libro, ni en la película, el monólogo de aquel pensador falangista (suponiendo que ambos términos no sean antitéticos) y escritor discreto cuya vida fue mucho más poética que su obra, por aquel episodio acaecido a su pesar.

Ha vuelto a reaparecer Rafael Sánchez Mazas para suscitarnos comparaciones. No es poca cosa este rescate.