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Sobre la fosa de Valdediós
Agosto 2003 - LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES - EDITORIAL PRENSA ASTURIANA


'Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen la lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón'. (Azaña. Fragmento de un discurso pronunciado en Valencia un 18 de julio de 1938).

Uno de los tantos y tantos episodios atroces de la guerra civil acaba de emerger este verano en Valdediós, rincón que se encuentra entre los más hermosos y genuinos de nuestra tierra. En el fondo de este valle también Asturias incurrió en su momento en uno de sus grandes universalismos como fue el Prerrománico. Allí, cerca de Villaviciosa, en 1937, tuvo lugar un crimen horrendo del que fueron víctimas algo más de una decena de personas pertenecientes al sector sanitario. Enfermeras que tuvieron que hacer la cena para sus verdugos y luego se vieron obligadas a participar en una fiesta a la que no se sumaron voluntariamente y, junto a otros compañeros, fueron víctimas de una masacre cruel y vergonzante. La fosa abierta, como tantas y tantas máculas de las que enseña la historia, mostraba huesos y objetos, entre ellos un reloj que terminó de funcionar tras las balas asesinas.

Esta tierra fértil y hermosa, abrazada por el arte y la historia, acogió también a estos seres humanos a los que unos cuantos les pretenden seguir negando su pertenencia a la especie. Y conservó sus restos. Tierra materna que no atendió al espíritu desalmado de quienes quisieron convertirla en cómplice de una masacre. Tierra que no es encubridora de infamias, sino incubadora de eso que seguimos llamando historia.

Ahí las tenemos. Las pruebas materiales que certifican un hecho. De un hecho que pasa a la madre historia, que es de todos. Con ingenuidad, sigo esperando que alguno de los que defiende el olvido se pronuncie al respecto. No, no hay que olvidar. Estamos obligados a saber. Es imperativo moral que estas gentes asesinadas de una forma tan vil y cobarde tengan su sitio en la historia. Porque somos dignos en la medida que sabemos otorgar solemnidad a quienes nos precedieron. Ortega, siguiendo a Goethe, no se cansó de repetirlo: «El hombre es, por encima de todo, heredero. Y que esto y no otra cosa es lo que le diferencia radicalmente del animal. Pero tener conciencia de que se es heredero es tener conciencia histórica».

Da coraje tener que repetir una vez más que durante la guerra civil se cometieron crímenes horrendos en ambos bandos. La diferencia está en que las víctimas pertenecientes a los ganadores tuvieron de principio a fin su martirologio y santuario, que al día de hoy aún no cesó, mientras que se admitió un oprobioso pacto de silencio tras el inicio de la transición sobre los crímenes perpetrados por quienes portaban el estandarte de su cruzada, de su reserva espiritual de Occidente y demás bisutería retórica.

Al día de hoy ver que hay quienes se indignan por la aparición de pruebas materiales, en el más macabro sentido de la expresión, de asesinatos, por parte de aquéllos de los que se siguen sintiendo herederos, abofetea la sensibilidad de cualquiera. ¿Tan difícil es reconocer la evidencia, una evidencia que, por lo demás, salpica de sangre a unos y a otros? ¿Hay un solo argumento que pueda justificar que sólo sea lícito divulgar los crímenes de uno de los bandos?

Hijos de un mismo Dios, de una misma tierra, que no distingue a las gentes por la pertenencia a un color político. Valdediós, valle recóndito, que se abraza al arte y a la historia, montañas con su lacrimal neblinoso, terrenos feraces, paisaje que atrapa el corazón e historia, ésta, que lo encoge. Hijos de un mismo Dios, digo.

Esta tierra que acogió a los asesinados los bendice y los ampara, conservando sus restos, muñones que quedan de una infamia. Tierra madre, escenario natural de un singular panteísmo, que esperó paciente e imperturbable a que la historia llamase a su puerta.

Habían cuidado a los locos. Pero otra locura, la de la bestia humana, para la que no se contaba con tratamientos terapéuticos, los asesinó. ¿Importa a estas alturas la adscripción política de las víctimas? A la tierra que los resguardó, no. A la dignidad humana, aseguraría que tampoco.

No puedo dejar de oír al ver y pensar en esto, el poema de Machado a la muerte de García Lorca. «Un túmulo al poeta». Pido símbolos. Los considero obligados. Como seres desiderativos y metafóricos, como seres que a veces sabemos convertir nuestra fantasía en materia poética, planteo la necesidad de que sobre esta tierra haya un recordatorio que sirva de homenaje a las víctimas sepultadas y a la tierra que las abrigó.

Los restos merecen tanto respeto que no pueden ser arrancados de la tierra que los conservó como materia inane. Por favor, recuperar, sí. Borrar huellas, no. No vaya a ser que los matemos dos veces. Son y somos hijos de un mismo Dios.

El valle lo sabe y así lo proclama. Valdediós.