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'Cada noche oía los tiros de gracia' - Juan Lanuza, Barcelona
El Periódico de Catalunya - 17/01/2003



Memoria Juan Lanuza Parés, en el castillo de Montjuïc. Foto: MAITE CRUZ


Un ex-preso de Montjuïc recuerda cómo durante siete meses de 1939 escuchaba cada noche los disparos de los fusilamientos

EDWIN WINKELS - BARCELONA

Al adentrarse en la soleada plaza de Armas, el hombre, menudo y mayor, dice que todo parece diferente. 'Esto no era así, entonces'. Pero poco a poco, la memoria regresa, casi 64 años después. Reconoce lugares, piedras, puertas. 'Estuve en la sala 10'. La sala 10 está dedicada ahora a una colección de sables, espadas y floretes. 'Mira, la puerta sí es la misma que entonces'. Una puerta de madera, gorda, con dos cerraduras y un pestillo enorme. Imposible escapar.
Como jovencísimo soldado voluntario en el bando republicano, Juan Lanuza Parés fue hecho prisionero a los 17 años cuando Barcelona cayó ante la ofensiva de las tropas nacionales dirigidas por el general Yagüe. Siete meses pasó en el castillo de Montjuïc, escuchando casi cada noche los disparos de los fusilamientos, 'y de los tiros de gracia'.
Siete meses en los que nunca sabía si la próxima noche le tocaría a él sufrir aquel juicio sumarísimo, 'una pantomima', que siempre acababa en condena a muerte. 'Y cada mañana nos decíamos: ya hemos pasado otro día', cuenta Juan Lanuza, ahora con 80 años.
En todo este tiempo, apenas ha vuelto a la montaña. Y menos desde que el castillo se llama Museu Militar. 'Vaya museo que se puede hacer aquí. Que hagan una exposición de cómo mataban a la gente, pero claro, eso no les interesa', dice.
En ninguna de las salas del museo, en ningún pasillo, se hace referencia alguna a esos años de la posguerra, de las ejecuciones en el foso de Montjuïc. En el folleto oficial se salta del año 1799 al 1960.
A los 16 años, el joven Juan se alistó en el Ejército republicano. Se preparó en Tona y Vic y pasó al frente de Aragón. Tras la derrota, regresó a Barcelona. Se escondía de los nacionales cuando encontró el cuerpo de un fusilado. 'El hombre iba de paisano, así que cogí su abrigo para tapar mi ropa militar. Así podía ir tranquilo por la ciudad, pensaba'.
Barcelona ya estaba tomada por los franquistas y Lanuza iba a casa de su familia, 'en la calle San Bartolomé, el barrio chino, para esconderme ahí'. No llegó nunca. No porque la casa, destruida en un bombardeo, ya no existía, sino porque en la Rambla le paró un capitán.
'Yo era carabinero y llevaba unos pantalones bombachos --explica--. El capitán los vio debajo de mi abrigo. '¿Tú eres soldado, no?' me preguntó. Me llevó a la plaza Catalunya, al cabaret Rigat, que fue el punto de concentración de todos los prisioneros'.

Prisioneros 'rojos'

A los dos días, una hilera de prisioneros rojos subía al castillo de Montjuïc, donde Juan Lanuza quedó encarcelado siete meses. Entrando en una de las salas del museo, recuerda la imagen de entonces: 'Éramos muchísimos. Había literas de madera, pero no para todo el mundo. Nos sacaban cada día al patio, donde nos daban chusco y latas de sardinas. Nunca nada caliente'.
De Montjuïc le llevaron finalmente a la Modelo, donde estuvo en una celda CM (Condenados a Muerte), y de allí a un colegio de Horta convertido en campo de concentración. 'Fue lo peor de todo. Cada día tuvimos que cantar tres veces los himnos, el Cara al sol y otros. Y te gritaban: '¡Rojos aquí! ¡Viva España!'. Luego se escapó, camino de la vida, donde ahora, 64 años después, espera que encuentren los documentos para que pueda cobrar una indemnización.