Consecuencias de la transición inmodélica
Vicenç Navarro - EL PAÍS 08-01-2003
Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas de
la Universitat Pompeu Fabra.
Publicado en el diario EL PAÍS el 08-01-2003
Como consecuencia del gran dominio que las fuerzas conservadoras
tuvieron en el proceso de transición de la dictadura a la
democracia en España y de la gran debilidad de las izquierdas
en aquel proceso (resultado de la enorme represión llevada
a cabo por la dictadura), han existido dos versiones muy generalizadas
en ambientes conservadores del país de lo que fue y significó
el golpe militar de 1936, la dictadura que instauró, y la
transición a la democracia. Una versión considera que el golpe
militar y la dictadura fueron necesarios para restablecer
el orden y corregir la situación intolerable creada por la
República. Esta versión está dispuesta a aceptar que la represión,
en ocasiones, fue excesivamente fuerte y que el periodo dictatorial
fue, quizás, demasiado largo, circunstancias que, sin embargo,
no invalidan lo positivo que fue para España la existencia
del alzamiento militar y de la dictadura. Esta posición está
ampliamente aceptada en el establishment conservador de España
aun cuando no se explicite frecuentemente en aquellos medios
de información que controla. Se expresa en su resistencia
a condenar el régimen franquista y en su oposición a eliminar
a lo largo del territorio español monumentos al dictador o
a otras figuras relevantes de aquel régimen, homenajeando
frecuentemente a sus protagonistas intelectuales, políticos
y religiosos. Según esta versión, la democracia, instaurada
en España por el Rey nombrado por el general Franco, significó
la apertura de las instituciones estatales españolas conservadoras
a las izquierdas y a los nacionalistas catalanes y vascos.
Esta actitud apareció claramente en la advertencia que Adolfo
Suárez hizo a Josep Tarradellas, cuando, en el primer encuentro
entre ambos, Suárez le recordó: 'Usted fue jefe de un Gobierno
de la Generalitat que perdió la Guerra Civil' (Diari de Tarradellas,
27 de junio de 1977). Su integración en las instituciones
españolas tenía que reconocer y admitir esta realidad. Esta
versión, por cierto, es compartida por muchos miembros del
Gobierno conservador actual que, aun cuando señalan que, debido
a su edad, no fueron ellos mismos parte de aquel régimen y
por lo tanto no se consideran responsables de él, se enorgullecen,
sin embargo, de la labor de sus antecesores biológicos que
sí fueron parte de él, sin haber nunca condenado tal régimen.
La otra interpretación, también muy extendida en España, en
círculos que se autodefinen como centristas, es la que asume
que el conflicto de 1936-39 fue una Guerra Civil entre dos
Españas, una llamada la España Nacional y otra la España Republicana,
en la que los dos bandos cometieron enormes atrocidades (resultado,
en parte, de un supuesto carácter español afín a la violencia)
que es mejor olvidar. Como prueba de la existencia incluso
territorial de estas dos Españas, esta versión divide a España
en zonas que permanecieron leales a la República y zonas que
apoyaron al golpe militar. En esta versión, en la que se asume
una equidistancia en cuanto a responsabilidades por aquellos
hechos, se considera que el establecimiento de la Constitución
de 1978 significó también la desaparición de las dos Españas.
Algunos autores pertenecientes a esta postura aceptan que
los vencidos de aquel conflicto han sido maltratados y deben
ser reconocidos e incluso homenajeados de la misma forma en
que los vencedores lo fueron. Se admite así que esta equidistancia
debería también realizarse en el equilibrio de la memoria,
puesto que reconoce que el olvido significó una injusticia
hacia los vencidos. Es a esta mentalidad a la que un editorial
reciente de EL PAÍS, Desaparecidos nuestros (8-VIII-02), apelaba
cuando pedía al Gobierno conservador español (asumiendo que
sostenía esta visión de nuestra historia) que ayudara a los
familiares de los desaparecidos entre los vencidos a encontrarlos
a fin de enterrarlos, honrarlos y homenajearlos, tal como
los vencedores ya tuvieron la oportunidad de hacerlo con sus
desaparecidos durante la dictadura.
Ambas posiciones, sin embargo, son erróneas y su visibilidad
preferente responde precisamente al gran poder de las fuerzas
conservadoras en España. La realidad histórica, raramente
presentada en las escuelas y en los medios de información
españoles, es distinta. La República Española fue uno de los
intentos más profundos de modernización de una de las estructuras
sociales más oprimentes existentes en Europa en los años treinta.
En sus reformas, afectó intereses corporativos (terratenientes,
grupos empresariales, la Banca, la Iglesia, el Ejército y
muchos otros) y a las clases sociales de renta alta y media
alta, que respondieron, a través del Ejército, con un golpe
de Estado que interrumpió la modernización de España, imponiendo
un gran retraso económico, social, político y cultural al
país, que dañó enormemente el bienestar de la gran mayoría
de la ciudadanía española, como lo demuestra que cuando el
dictador murió el Estado del bienestar español era el más
subdesarrollado de Europa. No fue, por lo tanto, una mitad
de España contra otra mitad, sino una minoría frente a la
mayoría de la población. De ahí que las fuerzas golpistas,
para mantenerse en el poder, tuvieran que recurrir a una gran
represión y terror contra la mayoría de la ciudadanía que
continuó durante los cuarenta años de la dictadura, y que
ocurrió también en las zonas que erróneamente se considera
que apoyaron al golpe militar. En tal régimen dictatorial,
atrocidades llevadas a cabo por el régimen nazi alemán, el
régimen fascista italiano, el régimen militar chileno y el
régimen militar argentino (todas ellas denunciadas hoy), se
dieron con creces. Es cierto que durante la República también
hubieron casos graves de violación de los derechos humanos,
pero por lo general tales actos fueron espontáneos como resultado
de la indignación popular por el golpe militar de 1936 y en
respuesta a las brutalidades realizadas por el bando franquista,
sin que tales actos de represalia, sin embargo, contaran con
el apoyo del Gobierno de la República, que protestó e intentó
interrumpirlos. No así en el caso de las fuerzas golpistas
y de la dictadura, la cual hizo del terror una política de
Estado a fin de mantenerse en el poder. Sería justo y necesario
para mejorar la cultura democrática del país condenar el régimen
franquista y prohibir que se le homenajeara. Algunos autores,
como Gabriel Jackson, han protestado tal prohibición acusándola
de revanchista (De la represión franquista y la verdad, 23-XI-02).
Revanchista, sin embargo, sería pedir el enjuiciamiento, encarcelamiento
o expulsión de los responsables de aquel régimen, justicia
a la cual las izquierdas renunciaron cuando, con gran generosidad,
aceptaron la amnistía (excusando el terror y la corrupción
que caracterizó a aquel régimen). Prohibir el
homenaje al franquismo, sin embargo, no es revanchismo, sino
mera exigencia democrática, puesto que aquel régimen interrumpió
brutalmente un régimen democrático. El hecho de que ocurrieran
también violaciones de los derechos humanos durante la República
no justifica -como Gabriel Jackson asume- que se considere
errónea la petición de prohibición de homenaje a los que interrumpieron
la democracia, de la misma manera que las violaciones de derechos
humanos realizadas por las tropas aliadas en la Segunda Guerra
Mundial (tal como el bombardeo de Dresde) no fue razón suficiente
para que la Alemania democrática dejara de condenar y prohibir
monumentos al nazismo. La condena y prohibición del homenaje
al franquismo no implica tampoco que deba ocultarse la verdad
de lo que ocurrió durante la República, incluyendo sus aspectos
negativos.
La verdad en España ha estado oculta por la amnesia que acompañó
a la amnistía y que ha dañado enormemente a la cultura democrática
del país. Es cierto que ahora comienzan a aparecer libros,
sobre todo en el ámbito académico, que documentan la naturaleza
represiva de aquel régimen, pero su difusión es muy limitada,
resultado del abismo que existe en España entre el mundo intelectual
académico y la cultura popular, la cual está predominantemente
influenciada por los medios televisivos, en los cuales el
silencio sobre tal pasado continúa existiendo. El documental
Los niños perdidos del franquismo, que documentó que las barbaridades
ocurridas durante las dictaduras argentina y chilena (tales
como el robo de niños hijos de padres demócratas asesinados)
se dieron también con creces en la España del franquismo,
no ha sido presentado en ninguna comunidad autonómica excepto
en Cataluña, en el País Vasco y en Andalucía, donde se emitió
(por Canal Sur) de madrugada. Y sólo recientemente se ha presentado
un documental sobre el exilio, patrocinado por la Fundación
Pablo Iglesias. Por lo demás, el silencio televisivo es ensordecedor.
La falta de compromiso político para recuperar la memoria
histórica ha empobrecido enormemente la democracia española,
disminuyendo su cultura democrática, con un gran coste político,
tal como lo demuestra el que según una encuesta reciente (EL
PAÍS, 19-X-02) nada menos que el 36,8% de la juventud española
(de 12 a 18 años) cree que una dictadura puede ser necesaria
en ocasiones o que tanto da que tengamos dictadura o democracia
siempre y cuando haya orden y progreso (el eslogan del franquismo).
Otro indicador, entre otros muchos, de esta democracia incompleta
es lo ocurrido a los familiares de los desaparecidos del bando
republicano. Durante veinticinco años de democracia tales
familiares pidieron al Rey y a los presidentes de los Gobiernos
democráticos que les ayudaran a encontrar a sus familiares
sin que ninguno de ellos respondiera satisfactoriamente a
esta petición de ayuda, lo cual debería haber motivado al
editorialista de EL PAÍS (que escribió el editorial al cual
me referí anteriormente) a titular su editorial Vergüenza
nacional, señalando, como lo hizo recientemente The New York
Times (11-XI-02) el bochorno que suponía para la democracia
española que los familiares de los desaparecidos demócratas
todavía estuvieran buscando hoy a sus muertos sin que el Estado
democrático hubiera respondido positivamente a su petición
de ayuda, forzándoles a denunciar tal hecho a la Agencia de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Por fin, las Cortes
Españolas han aprobado una resolución en la que se insta al
Gobierno español a ayudar a tales familias, reconociendo a
las víctimas del franquismo. Es prueba, sin embargo, del enorme
poder que las fuerzas conservadoras todavía tienen en las
instituciones democráticas que tal resolución (además de no
condenar explícitamente y por su nombre el alzamiento militar
y la dictadura, haciéndolo sólo indirectamente) instruye que
se evite utilizar el reconocimiento de las víctimas para 'reactivar
viejas heridas y remover el rescoldo de la confrontación civil'
asumiendo erróneamente que se puede homenajear a las víctimas
sin denunciar a los que los mataron.
Supongamos, sin embargo, que España hubiera tenido otro tipo
de transición, resultado de la derrota del franquismo o su
colapso, tal como ocurrió en otras dictaduras europeas -como
las comunistas del Este de Europa- sin derramamiento de sangre.
En este caso, es probable que hoy tendríamos en España
una república en lugar de una monarquía; con una cultura antifranquista
democrática bien establecida; con unos medios de información
y persuasión menos conservadores y más plurales; con una memoria
histórica viva (enseñándose en todas las escuelas lo que
fue la dictadura, su represión y el retraso social, económico
y cultural que impuso al país); con reconocimiento y homenaje
a los que lucharon en contra del fascismo y la dictadura,
y que tendrían -como tienen en Francia, Alemania e Italia-
monumentos y calles en su nombre; con un Ejército que tomaría
como figuras ejemplares a los militares que fueron leales
a la República, en lugar de los que se sublevaron en contra
de la democracia, homenajeando a los militares que fueron
expulsados del Ejército durante la dictadura por su lucha
por la democracia; con una Iglesia que habría pedido perdón,
no sólo a su Dios, sino también al pueblo español, por su
apoyo al golpe militar y a la dictadura, aceptando su lugar
en un Estado laico respetuoso de todas las religiones; con
una derecha democrática que hubiera denunciado sin ninguna
ambigüedad el golpe militar y el régimen franquista, y con
unas izquierdas menos moderadas y más fuertes; con un Estado
del bienestar más desarrollado que el actual y con una
Constitución más progresista, que además reconocería la
multinacionalidad de España con posibilidad de reestructurar
la relación entre sus componentes según la voluntad popular
de cada uno de ellos. Soy consciente de que, debido al
gran desequilibrio de fuerzas en la transición, no había otra
alternativa que la que existió. Pero las fuerzas democráticas
deberían ser conscientes de las limitaciones que impuso la
transición inmodélica a fin de corregirlas.
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