Hijos díscolos(Ante la muerte de Chicho Sánchez Ferlosio)
29/07/2003 - LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
LA NUEVA ESPAÑA
EDITORIAL PRENSA ASTURIANA
OPINION
Leopoldo Panero. Rafael Sánchez Mazas. Los dos, prohombres de letras del régimen de Franco. Ambos con descendencia literaria. Díscola. Contestataria a más no poder para el Estado que tanto los mimó. Chicho Sánchez Ferlosio acaba de morir. De él y de su generación se ocupó recientemente en estas mismas páginas Eduardo G. Rico en su columna, desde el dolor. Y la proximidad.
Acercarse a Astorga a la casa que fue de Leopoldo Panero es incurrir en aquel verso tan conmovedor de Jaime Gil de Biedma, «entre las ruinas de mi inteligencia». Jardín romántico donde habitan los gatos. Espectro de un poeta. Fantasmas de una película rompedora, que tenía por título «El desencanto». Los hijos del poeta Panero transgreden en su poesía. Son versos al y del otro lado. Mariposas que aletean y picotean territorios donde la razón no habita, moradas de demencia y vehemencia. Vértigo de la vida que espanta al sosiego. Locura, por qué no decirlo, pero del lado de la inteligencia con su luz, acaso cegadora, con vocación de zozobra para eso que conocemos como equilibrio.
Por su parte, acercarse a Chicho Sánchez Ferlosio es poner nuestra mirada sobre un hijo díscolo de uno de los mayores lujos intelectuales del franquismo, al que rescató Cercas con su novela. Rafael Sánchez Mazas fue, por elegante, un hombre de desdenes, de desidias. Su pluma volaba mucho más alto que la caspa de la verborrea franquista. No fue un disidente, sino un hombre de largas ausencias, que marcaba distancias insalvables con su escritura al discurrir del franquismo. Sus hijos le salieron respondones. «El Jarama», de Rafael, fue un alegato contra un mundo que asfixiaba, el del régimen al que pertenecía su padre. Chicho, según intuyo, fue distinto caso, un hombre de periferias no sólo con respecto a su propio padre y a lo que éste representaba, sino que también marcó mucha distancia con el mundo que le tocó vivir. Contestatario con textos de canciones, pero sobre todo con respecto a la forma de vida que llevó, que -¡oh paradoja!- también fue de minorías, de una minoría selecta al orteguiano modo, que nada tuvo que ver con los salones y los boatos de cartón piedra de aquellos años infames, pero que sí guardó relación con lo que es inventarse escenas y escenarios donde se respira libertad, cuando ésta abofetea lo habitual, lo consueto.
Es mucho lo que nos falta por saber de la generación de Chicho Sánchez Ferlosio, una generación que, con el freudiano asesinato del padre, desafió, por más tiempo del normalmente establecido, el mundo que les tocó vivir. Chicho fue un disidente y un hombre de andurriales hasta el final de su vida. También, como los hijos del poeta Panero, supo desafiar los límites, provocarlos. Entendió la vida como provocación. Y la provocación como estética. Y le supo poner muchas veces letra y música a su descaro. Algo muy importante tuvo en común con su padre. También Chicho fue un artista. Un artista indolente. El primero en su lujosa residencia heredada. El segundo, en la isla que estéticamente se forjó.
A Chicho Sánchez Ferlosio no hay que buscarlo en la historia de la literatura, como a su padre, como a su hermano, sino en aquella otra donde habitó el descaro, donde moró la provocación, donde zozobró el discurso piojoso y rijoso de un régimen de voz aflautada y digestión flatulenta. Decir canciones en cierta época es decir educación sentimental. Fue Chicho el Frederic flaubertiano de aquellos años ignominiosos y bárbaros. Cuando aquello llegó a su fin, siguió encontrándose cómodo en su periferia.
Busquémoslo, pues, en la letra y en la música de un desencanto prolongado y agonizante que al día de hoy aún tiene su resuello, ese que alimentó Chicho con su admirable inconformismo. Y que hoy sigue entre nosotros. Porque, como el rayo de Hernández, no cesa. Acaso sea el desencanto en último término el envés del rayo y del trueno. De la luz y del estruendo de un afán de libertad que rompe costuras, que derriba muros, que rompe barrotes. Del bramido de un sueño al que el ronquido de los que quieren abaratarlo combaten.
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